Los ojos del PresidentePolítica 

Los ojos del Presidente

“Marcos Peña logró torcer el brazo en todas las pulseadas
internas de gabinete que tuvo desde que llegó Cambiemos al poder, logró ser los
ojos del presidente y desplazar competidores con métodos no siempre propios de
la nueva política que dice representar. Así entonces el jefe de gabinete de
ministros entendió que estaba donde quería estar. Logró también el arribo a la
añorada zona de confort de la suma del poder político de la coalición de
Gobierno y empezó mostrar sus habilidades y sus errores dentro de la política
servida que tuvo tres años de inexistencia opositora y colaboracionismos
parlamentarios a piacere”. El análisis corresponde a una nota de “Perfil” de
Pedro Paulin.

De esta manera se comenta el rol del Jefe de Gabinete, a
quien califica como “como encantador de serpientes, cautivó a Mauricio Macri
para lograr entonces aislarlo” y hace referencia embates de sus adversario en
el gobierno nacional, donde “Macri siempre terció en favor de quien consideró
sus ojos, a pesar de una ceguera que hizo de una oportunidad de hacer un real
consenso y expansión de la política, tan sólo una experiencia endogámica y
sectaria incluso entre pares”.

La nota

La nota publicada en Perfil señala que Marcos Peña no fue
siempre educado ni humilde a la hora de moverse dentro de una fuerza política
en la etapa embrionaria de poder y con ambición de trascender por cambios
culturales y refundacionales de un país con décadas de decadencia y crisis de
valores totales y, parecerían, crónicos. Los que no le guardan afecto reconocen
soberbia y pedantería propia de la edad, y formas y decisiones sobre materias
que nunca dominó. La política entonces empezó a odiar al funcionario en
crecimiento que como encantador de serpientes, cautivó a Mauricio Macri para
lograr entonces aislarlo. A medida que la mediocridad se adueñó del plan
económico y los errores de Peña crecían, entonces la mesa política agregaba
alguna silla para que la idoneidad curáse los males que la tan sólo buena
comunicación, o a veces, ni eso, habían generado.

Alfonso Prat Gay, Carlos Melconian, Maria Eugenia Vidal,
Emilio Monzó, Nicolás Masot, Rogelio Frigerio, Horacio Rodríguez Larreta,
apenas algunos de los que no miran ni miraron con buenos ojos las formas de
Peña. Macri siempre terció en favor de quien consideró sus ojos, a pesar de una
ceguera que hizo de una oportunidad de hacer un real consenso y expansión de la
política, tan sólo una experiencia endogámica y sectaria incluso entre pares. La
incapacidad de exhibir conclusiones positivas por parte de Peña en casi ningún
aspecto de su gestión, todavía le conservan el caudal de credibilidad ante un
Macri que ya no encuentra consejos ni oreja en casi nadie. El peronismo va por
el poder y lo saben todos, menos Macri y Peña. Rogelio Frigerio, tal vez quien
sea recordado como el presidente que no fue, fue el hacedor del pacto fiscal y
la atomización peronista durante casi cuatro años, pero no cotiza en bolsa. Sí
en cambio el duranbarbismo y la visión de Peña, donde todo es maleable,
digital, medible y básicamente un fracaso en términos políticos y reales.

La interna con Vidal nunca se disipó y la falta de confianza está intacta. Quizás sea el mayor problema de Peña la territorialidad, nadie es peñista ni gana elecciones a su nombre, tampoco conoce gobernadores ni tejió la “rosca” como bendijo con precisión quirúrgica Emilio Monzó, otro de los mal pagados por Cambiemos junto con Frigerio. Exilios políticos que el oficialismo ya paga y pagará en oro las semanas próximas. No existe ni parece poder existir el peñismo, tal como se ve el larretismo o el vidalismo. Párrafo aparte para el gran hacedor Larreta, que hace años milita en el horacismo ortodoxo sin que Peña o Macri adviertan que sólo están financiando la campaña de quien trabaja para su propio proyecto político con el peronismo en 2023. Las acciones de la política suben inversamente proporcional a los errores de Peña y los creativos de la política, que suponen empezarán a acertar antes de octubre tras tres años y medio de ceguera. Será entonces la capacidad de Mauricio Macri de recobrar la vista y darse cuenta que lo que creía ser sus ojos, puede ser lo que el imprescindible Émilie Durkheim describió como el suicidio atómico, la desintegración de las instituciones y lazos de una sociedad, tal es el caso de Argentina. Por ahora, inviable, crónica, sin valores ni respeto por las autoridades y las fuerzas de seguridad, sin capacidad de ver ni diagnosticar si quiera el mayor problema que puede tener un país: asistir a la muerte de su moral. (Fuente www.perfil.com

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