Campi, el hombre que “ablandó” la imagen de Aldo Rico: “El humor es un arma de fuego”Espectáculos 

Campi, el hombre que “ablandó” la imagen de Aldo Rico: “El humor es un arma de fuego”

Sabía que tenía un don, pero no que ese don implicaba tanta bendición como riesgo. Hasta que en épocas de Gran cuñado se le acercó Aldo Rico, lo palmeó y le agradeció: “Los chicos me tenían miedo. Ahora, en San Miguel soy Mickey Mouse”.

“El humor es una pluma para hacer cosquillas, pero también un arma de fuego”, define Martín Campilongo ahora que entiende que maneja un botón invisible que puede manipular los ánimos (y las opiniones) de ciertas multitudes. Las palabras del hombre que encabezó un levantamiento militar en la Semana Santa de 1987 lo zamarrearon. “Fue aleccionadora la frase de Rico. Me hizo tomar conciencia. Ablandé una imagen. Desde ahí, varios políticos que no voy a nombrar, me empezaron a llamar para que los ablandara también. Siempre digo que no”.

“Siento que se espera que el humorista esté montado en un chiste todo el tiempo”, dice Campi. (Foto: Martín Bonetto).

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Basta alcanzarle un plumero para que llore. En ese objeto está el germen de todo, la explicación de su carrera y de su nostalgia. Entre plumas anida la historia de un niño crecido en una pequeña fábrica cuyos juegos eran trabajar el alambre, maniobrar el pegamento, unir materiales para resignificarlos. Ese entrenamiento junto a sus abuelos le permitió -más tarde- lucirse en el off teatral fabricando sus pelucas con cinta Scotch y  barbas rubias con granos de choclo adheridos al mentón.

El 10 de febrero cumplió medio siglo. Bodas de oro “con la vida” y de plata con la televisión, a la que se asomó como “Tigre” Pucheta y la Nona Anyulina en la tribuna de Nico (Nicolás Repetto). Hace tres años fue bautizado “héroe urbano”, por un acto extraño al que ningún actor se atrevió: una mujer viajaba en la línea 168 que va desde San Isidro hasta La Boca, le arrebataron el celular, y Campi, que venía pedaleando, persiguió al ladrón y recuperó el teléfono. Pero no quiere que le endilguen esa responsabilidad de superhombre sin capa. Por entonces minimizaba el gesto con un “hay que meterse más, muchachos”.

Campilongo en su ciclo “Noticampi”.

Viaja en subte al teatro cada día. Se define como “un gremialista de los sentimientos. Un tipo de querer mucho”. Creció en Parque Patricios, con el olor de la naftalina que preservaba las plumas que sus abuelos Federico y Oliva cosían. Ama, cuida y de vez en cuando resucita a su personaje estrella, el anticuado Jorge, nacido de la radiografía hecha al padre de un amigo. “Gracias a Jorgito cambié varias veces el auto”, se ríe el eximio creador de dentaduras teatrales a base de Poxilina para plomero. “Mejoré tanto la técnica que una vez le arreglé una caries a mi mujer con acrílico, provisoriamente. Cuando ella fue al dentista, él la felicitó por lo bien que estaba arreglada”. 

Fue dueño del videoclub Baires antes de que la cadena Blockbuster destruyera el negocio familiar (y mucho antes de que la virtualidad destruyera a Blockbuster). Sucursales en Barracas, Belgrano, Once. “Pero el monstruo nos exterminó y luego tomó de su propia píldora”, lanza una carcajada de barítono. Vivía a puro alquiler de historias cuerpeadas por Jean-Claude Van Damme, aunque él prefería enriquecerse con el play en las cintas The Triplets of Belleville, Hombre mirando al sudesteThe Wall

Martín Campilongo, alias Campi. Trabaja hoy en la obra “¿Qué hacemos con Walter? (Foto: Martín Bonetto).

Estudió moldería, pintó y vendió vasos, hizo teatro a la gorra, se crió entre el dilema familiar de ser radical o peronista, en una familia intensa, inconscientemente teatral, con tíos abuelos bautizados Hamlet y Ofelia, por obras de Shakespeare. Ama trabajar la tierra, disfruta de su granja en San Miguel del Monte y se reparte entre lo actoral, la crianza de Emma y Francesca (más los hijos de su esposa Denise Dumas, Santi e Isabella) y el cuidado de sus árboles. “No sé por qué, pero no me imagino viejo. No sé si viviré tanto, aunque sé que puede estar buenísimo”, fantasea.

-Albergar a tantos en tu cabeza, manejar tantas mascaras, ¿no te da cierto miedo? ¿No se puede cruzar en algún momento el delgado umbral, rozar la enajenación?

-No me da miedo. Eso es carne de diván y yo tengo años de psicólogo. Ningún personaje me tomó la vida. Lo tomo como un juego, como el de mi hija chiquita que juega a ser Barney y después Bob Esponja. La diferencia es que yo te vendo una entrada con ese juego.

-La anécdota con Aldo Rico sintetiza el peligro que puede implicar una caricatura. ¿Tomaste más recaudos desde entonces?

-Sí, yo nunca procuré una relación con los políticos. El humor político es un estado de salubridad para una democracia. Por algo en dictadura está prohibido. El día que me ponga al lado de un político va a ser por convicción. Y siempre que encarné a uno, fue porque tuve ganas, no por obligación o imposición.

-¿No es demasiado pensar que un gobierno puede desestabilizarse por una caricatura o un político ganar una elección por una buena máscara que lo componga?

-Sí. Es demasiado, pero una caricatura puede empujar. Una ayuda. Es darle demasiado poder pensar que Freddy Villarreal empujó la salida de De la Rúa, pero dejó en evidencia ciertas cosas. El humor muestra rasgos que el otro a simple vista no capta. Ahí está el ojo agudo del caricaturista.

-¿Y vos cuándo tomaste conciencia de ese ojo tuyo que ve más allá?

-Yo trabajé como caricaturista en revistas alternativas. De ahí ya viene eso. De hecho, a mis personajes los dibujo antes de interpretarlos. Después del dibujo recién hago una prótesis en látex. Amo ese proceso de elaboración, no quiero perdérmelo. La necesidad puede llevarte a lugares maravillosos y yo así empecé. Hoy no me imagino que me esperen ya con una peluca o la ropa hecha, yo te hago todo, soy el que te cultiva la verdura, te cocina y te la lleva a la mesa. Soy como un artesano. Se hace lo que tengo en mi cabeza.

-Qué habrá dentro de esa cabeza caótica…

-El tema no son mis personajes, sino mis ideas. Tengo obsesión, por ejemplo, por la sombra y la luz como puntos de contraposición, el claroscuro, los extremos de la energía. Antonio Gasalla fue uno de los primeros que me habló de la energía. Estudié con Agustín Alezzo, Carlos Gandolfo, Ricardo Bartís, Chamé… Pero fue Antonio el que me habló mucho de eso que en el teatro no se tiene en cuenta: que dentro de cada ser humano se manejan energías que pueden llevarte a lugares imposibles.

-¿Vas buscando personajes por la vida o estás más relajado y es como si ellos te encontraran?

-Aparecen. Hay que estar atento. Es parte de mi laburo tener las antenas entrenadas. Yo no tengo una carpeta con un listado. Sucede que la gente a medida que va pasando el tiempo se va convirtiendo en su propio grotesco y es más fácil encontrar un personaje. Yo, por ejemplo, estoy haciendo un grotesco del niño que fui. Si eras gruñón, eso se torna cada vez más denso. Y así con cada rasgo.

-¿Comulgás con esa teoría de que quienes hacen reír son, en su mayoría, tipos tristes o de carácter agrio?

-No es así. Ese mito me parece una estupidez, pero sí siento que se espera que el humorista esté montado en un chiste todo el tiempo. Eso es imposible, sino seríamos esquizofrénicos. Somos tipos normales, con nuestros silencios y tristezas también.

-La tristeza, justamente. Tenés una gran relación con la risa, pero ¿cómo es tu relación con el llanto? ¿Qué te hace llorar?

-Lloro mucho de emoción. Ya no tanto de tristeza. Me importa un carajo la masculinidad. Los varones estamos entrenados para ser duros, llevar la plata a casa. A mí me hacen llorar el recuerdo de mis abuelos. No puedo manejarlo. O el otro día ver a mi hija ganando una medalla en su club. La paternidad es la nafta de muchas cosas. Soy muy diferente desde que soy papá. Descubrí otra parte de mí.

-¿Cómo es esa parte?

-Anduve por mucho sótano, por mucho terreno baldío. Y me descubrí más conservador y cuidadoso teniendo chicos. La vida de otra persona está en tus manos, así que puedo ser hippie, pero con hijos ya es distinto. Yo me casé grande, a los 36. Me había comprado un perro, le había dicho a mi vieja ‘este va a ser tu nieto’ y el día siguiente la conocí a Denise. Cómo es la vida… Ella ya venía con dos hijos y… ¿sabés qué es lo que me causaba más admiración?

-¿Qué?

-Esa mujer encarando la vida sola con dos chicos. Ya 14 años que estamos juntos. Algo que fue clave fue el reírnos juntos en momentos difíciles donde la risa vale el doble.

Teatro

Campi integra el elenco de ¿Qué hacemos con Walter?, obra dirigida por Juan José Campanella. Con Carlos Belloso, Karina K, Victoria Almeida, Fabio Aste, Federico Ottone y Araceli Dvoskin. En el Multiteatro. La historia: en un consorcio se celebra una asamblea extraordinaria que cambiará la vida de todos…

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