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El universo de las hermanas que todo lo contaban

Individualmente y en dupla, las mellizas Paula y María Marull están en permanente producción. Presencialmente o de manera on line, sus obras siguen llegando al público. A través de los canales del Complejo Teatral de Buenos Aires y de la página Vivamos Cultura, se ve Lo que el río hace. El documental, donde las Marull participan de este proyecto que les ha implicado escribir, actuar, dirigir, filmar, y que fue parte del pasado BAFICI. En Cervantes On Line, María actúa en Lo sutil del desamor, de Anahí Ribeiro, dirigida por Paula, igual reparto de roles que en Yo no duermo la siesta, texto también de Paula, filmado en versión vía Teatrix.

Todo eso, vigente para el público, ya forma parte de proyectos relativamente concluidos por estas artistas que vivieron con calma en localidades de Santa Fe, Córdoba, Corrientes –la ribereña ciudad de Esquina está muy presente en sus obras–, hasta que iniciaron su efervescente actividad teatral en Capital Federal.

—¿En qué proyectos están involucradas actualmente?

—MARIA MARULL: Con Paula estamos escribiendo y dirigiendo microficciones que se van a filmar en el Espacio Callejón. Son obras de 10 o 15 minutos, que tendrán un mismo elenco con, entre otros, Mara Bestelli, Héctor Díaz. Paula y yo actuamos una en cada episodio. Yo estoy con Reinas abolladas, una obra en el Cervantes, de la que hicimos cuatro funciones y se detuvo por la pandemia. También estoy terminando de escribir un texto para “La biblioteca sonora de las mujeres”, un proyecto que organizan Malena Solda y Valeria Kovadloff: estoy escribiendo lo que sería un llamado telefónico con una autora argentina, Hebe Uhart. Lo tendría que haber entregado la semana pasada, lo voy a entregar hoy, si los Zooms de mi hija me dejan. Es tremendo cómo el tiempo me está pasando por encima.

—PAULA MARULL: Además, tenemos un montón de proyectos que quedaron “a punto de”, como La oportunidad, obra para Espacio Callejón, con muchos actores y con mucha cercanía: hasta que no estén realmente las condiciones no vamos a poder retomarla. Estamos ensayando las microficciones todos los días de 9 de la mañana a 3 de la tarde; son diez obras que, aunque breves, hay que juntarse con el escenógrafo, el iluminador, ensayar, filmar. Estoy terminando un texto que me pidieron para la revista Damiselas en apuros. Y también me cuesta mucho hacerme el tiempo.

—¿Cómo es esa percepción del tiempo que están teniendo y viviendo?

—P: En esta pandemia, hay una falsa idea de que uno tiene más tiempo porque está más en su casa. Yo tengo tres hijos de edades muy distintas, de 3, de 7, de 11, más la vida, más un montón de ensayos: me está costando concentrarme. No es sólo el tiempo físico, sino el tiempo mental. Por suerte, tuvimos la bendición de quedar conectadas a algo creativo, ya sea teatral o audiovisual: es un oxígeno para quienes tenemos la suerte de trabajar en algo que nos motiva, que nos devuelve vitalidad.

—El tiempo también es un gran tema y una gran presencia en “Lo que el río trae”. ¿Cómo lo concibieron?

—M: En el argumento, la protagonista es una mujer que está viviendo en Buenos Aires, enajenada, con mucha exigencia. Cuando se va al pueblo, Esquina, se encuentra con otro tiempo y la naturaleza. Al principio de la pandemia, experimentamos esa sensación de tiempo para cocinar, pintar, no hacer nada. Un tiempo para ir también hacia atrás, algo parecido a lo que le pasa al personaje. Con Paula empezamos a bucear en nuestro pasado, y decidimos hacer un documental. El resultado, uno no lo ve tanto analíticamente, porque está desde adentro.

—P: Nosotras, sobre todo, hacemos, hacemos, hacemos. No nos sentamos a pensar, a ver cómo escribimos, de dónde vienen los personajes. El documental nos permitió observar las cosas con distancia: el río tiene otro tiempo, Esquina tiene otro tiempo. Muchas veces la gente se va a pescar para estar solo en el río siete horas. Uno está acá corriendo una carrera no se sabe a dónde, nunca tenés tiempo. En el documental, también está el tiempo del pasado, de nuestro papá.

—¿Hay, en esta percepción, una romantización del pequeño pueblo visto desde las grandes ciudades?

—M:. No siento que yo tenga una mirada idealizada del pueblo. Todo tiene sus pros y sus contras. Hasta los veintipico, vivimos en Rosario, en una cortada donde jugábamos con todos los vecinitos; siempre estuvimos en contacto con ciudades más chicas, como Esquina, donde vivía mi papá; nuestros abuelos maternos vivieron en diferentes pueblos de Córdoba. Una vez que nosotras con Paula vinimos a vivir a Buenos Aires, nunca extrañé. Pero con respecto al tiempo, sí necesito; no sé si idealizo. La velocidad en la ciudad es peor. La ciudad tiene mucha exigencia, todo queda lejos, arriba del auto de acá para allá buscando lugar para estacionar: parezco un cliché.

—P: Nuestro padre vivió en Esquina y era la persona más estresada del mundo, estaba todo el día arriba de un tractor, fumaba cuatro atados de cigarrillos por día. Puede ser que uno tenga la mirada un poco idealizada. El tema no tiene que ver tanto con el lugar, sino con el mundo en el que vivimos, las exigencias, el consumismo, estar atrapado en lo que nos pide este sistema. Para nosotras, Esquina es el lugar donde imaginamos que eso no está tan en primer plano.

—En lo que podrá ser un día las funciones de “Lo que el río trae”, ¿la escenografía se dejaría ver como tal? ¿Les gusta cuando el teatro exhibe su artificio?

—M: Hay materiales u obras que conviven bien con eso y donde eso puede ser interesante. A otros materiales, no les viene bien y es mejor mantener escondido el artificio y que la gente entre en esa ficción. En Lo que el río hace, se ve cómo hicieron el escenógrafo y el iluminador hicieron el río, con ese plástico enorme; en el documental, está bueno que el espectador acceda a esa información que, una vez que vaya a ver la obra de teatro el día que se pueda estrenar, no la va a ver. De todas maneras, el teatro, a diferencia del cine, tiene algo más artesanal: se trata de contar lo máximo posible con lo mínimo posible. Que se vea un poco el artificio va en favor de eso y poder decir: “Ay, mirá con lo que hicieron tal cosa”, o “Mirá cómo se construyó este mundo con esto”. El teatro tiene mucho de lo aludido, lo que se le arma al espectador en la cabeza.

—P: A mí, en general me gusta más cuando veo sólo el títere y no, el titiritero. En este documental, nosotras mostramos eso por necesidad, no desde un lugar intelectual, el meta, el teatro dentro del teatro. Nosotras no venimos del palo intelectual, somos más de hacer.

Amalgamas de cámara y de hermanas

—¿Cómo les resultó ponerse a trabajar para proyectos filmados?

—PAULA MARULL: Al menos para mi sorpresa, trabajar con la cámara se amalgamó más naturalmente que lo que hubiéramos pensado a priori. Nunca habíamos hecho nada audiovisual, pero terminó siendo algo muy natural. Antes uno estaba un poco peleado o más prejuicioso con el teatro filmado. Nada puede reemplazar la experiencia de ir al teatro, pero la cámara tiene cosas para aportar. De todas maneras, Belina Zavadisca fue la directora audiovisual. No es que nosotras de repente pasamos de hacer teatro a hacer una película.

—MARIA MARULL:  El contexto tan extremo de la pandemia no nos dio mucho margen a hacer otra cosa que no fuera audiovisual. No había mucho tiempo de poner a cuestionarse o a autoexigirse. También estábamos filmando el proceso de un proyecto. En vez de “miente, miente, que algo quedará”, fue “filma, filma, que algo quedará”.

—Habitualmente se las ve muy unidas en la vida y el trabajo. ¿Siempre fueron así?

—P: No quiero idealizar el vínculo, pero en realidad nos llevamos muy bien. De hecho, nos elegimos para trabajar juntas. Cuando nos vinimos acá a Buenos Aires, sentíamos medio obligación de “somos mellizas, estamos todo el día juntas, tenemos que hacer cosas separadas”. Pero después naturalmente nos pasa que siempre suma que esté la otra. Nos entendemos bien; entre nosotras y más allá de nosotras, no andamos peleando.

—M: Una amiga dice que de chicas nos peleábamos en silencio. En nuestra infancia, las mamás nos retaban más, entonces no había tanto espacio para la pelea.

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