mundos-intimos-tuve-un-padre-dificil,-exhibicionista-yo-pensaba-que-suerte-la-de-los-ninos-en-cuyas-familias-el-sexo-era-tabu.Sociedad 

Mundos íntimos. Tuve un padre difícil, exhibicionista. Yo pensaba qué suerte la de los niños en cuyas familias el sexo era tabú.

Estaba ausente, mirando un punto fijo en la sala con sillas de caño tapizadas en cuerina gris que se había vuelto familiar. Cada tanto levantaba la vista y veía a las personas que pasaban, el matafuegos, la ventana, la cortina rancia color té con leche, la escalera curvada y el cartelito que indicaba Farmacia, ahí nomás a la vuelta. Todo era blanco, pero nada brillaba. Ni las paredes ni las luces. Hacía un rato estaba en el piso de arriba en Terapia Intensiva, decidí bajar antes que terminara el horario de visitas. Vi venir a mis hermanas a quienes en un arrebato rebelde adolescente bauticé como Riana y Briela -Necesito decirles algo -largué el llanto desconsolado.

-Dale, dale, descargá tranquila -me dijo Riana, la comprensiva, la mediadora.

En Bariloche. Verónica Curvale y su padre durante el viaje de estudios. Él acompañó al curso.

-No quiero que me juzguen, que piensen que no tengo derecho a estar acá ni a sentirme mal después de cinco años de no hablarme con papi.

-Nadie piensa eso -aseguró Briela, la mayor- más allá de lo que haya hecho, todas nos vamos a sentir mal si le pasa algo.

-Pero ¿y si se salva y yo quiero seguir sin hablarme con él? No sé, cuando tomé la decisión estaba convencida… -Yo no lo veo mucho -contó Riana -Yo tampoco -sostuvo Briela.

Mami, la Claudia, llegó rengueando al rato, con un gesto de dolor que se ha hecho carne en esa cara devastada por la artrosis y las circunstancias. Nos encontró a las tres enfrascadas en esa conversación. Entonces la encaré:

-Porque vos fuiste la que siempre me hizo sentir mal por la decisión que tomé, de no verlo ni hablarle más. Y esa decisión es consecuencia de todas las cagadas de papi, no es mi culpa. Yo quiero proteger a mis hijos de lo que pasamos nosotras.

Mami se levantó y se fue. “Siempre se escapa”, dije.

A los diez minutos, volvió.

Era un lunes 2 de marzo. Mientras transcurría esa charla, a Alberto, mi papá, lo intervenían quirúrgicamente. La oscura historia familiar se hizo presente en ese espacio y ese tiempo para conjurar una nueva comunidad entre nosotras; una adultez sin secretos, amorosa y comprensiva. Éramos dos Telmas y dos Louise con el auto frenado al borde del abismo.

                                                                            ***

Mis hermanos y yo crecimos en una familia paterna retorcida, sexualmente grandilocuente y exhibicionista, de la que no pudimos zafar a pesar del durísimo trabajo de mami de tapar y tapar lo que los otros mostraban: para mí papá y sus hermanos era común los manotazos en los genitales en medio de una fiesta, reuniones familiares para mirar porno; pasearse desnudos al salir de bañarse, sin importar quién estuviera presente. Muchas cosas pasaron frente a nuestros ojos, muchas cosas nos contamos en confidencia escondidos debajo de la cama, y tantas otras, por negligencia, las revelaron los mismos adultos.

Crecimos pensando qué suerte tenían aquellos niños en cuyas familias el sexo era tabú. No fueron fáciles para ninguno de nosotros los vínculos afectivos, ni el debut sexual; confidencias que compartimos con nuestras parejas de turno, frente a encuentros amorosos fallidos por un mar de llanto y asco.

Por los incontables psicólogos a los que fuimos entendimos que el exhibicionismo consiste en conseguir el propio placer obligando a otros a ser testigos involuntarios. Encontrar un historial pornográfico en la computadora familiar, cargas telefónicas de llamadas a líneas hot, referencias al desarrollo propio de la adolescencia en las hijas mujeres (“qué bien te queda ese jean”) que me resultaban repulsivo viniendo de él, sentía que tenía sobre mí una mirada sexualizada. Por eso el trato con mi viejo se fue deshaciendo hasta desaparecer cuando fui madre. Como siempre le dije a mi marido, mis hijos podían llegar a ver mil cosas parecidas durante su vida, pero era mi responsabilidad evitar que sea con la misma persona que lo viví yo.

                                                                            ***

Ahora estábamos las cuatro esperando el parte médico después de la cirugía. Era mi primera vez ahí pero estaba estaba al tanto de la situación, de toda la evolución o involución y de los detalles graciosos que sostienen a esta familia desde el principio de los tiempos. Ya me habían contado de Michel, el médico que cuando mami reclamó los malos tratos del primer día, la sentenció con un “ujted ejtá bujcando litigio” perfectamente imitado en sendos audios de Whatsapp por mi hermana mayor. También de la insistencia de enfermeras y doctores por saber de la vida y los cuidados de salud del paciente aunque mis hermanas les hubiesen respondido todas las veces que tenían una escasa relación.

“Familiares de Curvaleeeee”, se escuchó por el pasillo. Decidimos grabar con el teléfono lo que dijesen para entender luego los pormenores que se pierden de primera mano y pasárselos a Marce, mi hermano menor que estaba en Italia y al que manteníamos informado minuto a minuto.

Gutiérrez, el jefe de Terapia, y Michel, el cardiólogo francés, nos explicaron que papá había entrado siete días atrás con un infarto que al principio lograron estabilizar, pero luego se fue complicando por el deterioro y la falta de cuidado del paciente que sufría un cuadro de diabetes, hipertensión y un “síndrome de abstinencia” (que nos sorprendió a todos y nadie pudo explicar). Que se le presentó la obstrucción de dos arterias y tuvieron que hacer cateterismos. Que había que esperar las estrictas setenta y dos horas críticas después de cualquier operación y que la intención de ellos era despertarlo para sacarle la intubación que lo mantenía asistido desde que llegó.

Nos dijeron que podíamos verlo un rato, pregunté si le haría mal sentir mi presencia después de cinco años sin verlo: 

-No, pase, lej va a hacej bien- dijo Michel.

Entré, lo vi, no lo reconocí en esa cara envejecida y maltratada. No lo reconocí en esos tubos y ese pip pip pip insufrible. No lo reconocí en esos valores que reflejaba la pantalla. No me reconocí ahí, hija, viendo a mi padre por primera vez en tantos años, mitad muerto mitad vivo, inconsciente. Y me fui.

                                                                        ***

Al otro día volví a la clínica caminando tranquila. Por mi cabeza pasaban mil cosas, sentía una fuerza interior para no reprimirme más. Entré a Terapia junto con mi mamá. Ella lo tocó, lo besó, lloraba. Qué difícil para la Claudia, a pesar de la separación, de los caminos de la vida; aquel era el hombre con quien tuvo proyectos, levantó una casa y formó una familia, quien también oscureció su vida, pero ahora estaba ahí, expuesto a las caricias, los reproches, las lágrimas y las reconciliaciones.

Sentí que el corazón se me iba a salir del pecho, como siempre que tomo el impulso para hacer algo. Le agarré la mano, me sentí chiquita, desprotegida. Le dije al oído “Hola, soy la Vero, estoy acá desde el primer día. Quiero que, pase lo que pase, estemos en paz”.

                                                                 ***

Cuarenta y ocho horas después de la operación, entró un mensaje al grupo de Whatsapp Crazy Family. Era mami: “me llamaron de la clínica para que me presente con el DNI”. Yo ya lo sabía. Pasé por eso con mis suegros. Miré fijo el celular. Respondí: “salgo para allá”. Mientras me vestía, lloré; mientras llamaba a mi marido, lloré; mientras chequeaba el celular, lloré.

Cuando entró el mensaje, esas cinco letras (“murió), como cuchillos se clavaron en los partidos de fútbol del descampado, en las llevadas a la escuela primaria y a la facultad, en las golosinas pagadas con el sueldo de empleado bancario.

“Murió”. Y en mi cabeza resonaba: Murió el que nos acompañaba a cada camarín a buscar el autógrafo anhelado, murió el que viajó conmigo a Bariloche elegido por todo el curso, el que por años tampoco se habló con mi hermana mayor, murió el que me enseñó a manejar el citroen azul francia por la ruta Paraná- Oro Verde, el que se separaba y volvía, se separaba y volvía, murió el fanático de Boca Juniors que me llevó a conocer la cancha de River.

Murió el Beto, sentí alivio.

                                                               ***

Tomé la posta porque ese es mi rol en la familia.

Hay que llamar a la sala de velatorios.

Hay que buscar ropa para vestirlo.

Hay que avisar a todos.

Y ahí, mirando a mis hermanas y a mi mamá, noté en el cuerpo la adultez. Me sentí crecer.

La Claudia y el Beto se separaron el 14 de abril de 2015, al otro día del nacimiento de Gael, mi hijo más pequeño. Él había ido a visitarme a la clínica, a conocer a su nieto. Esa fue la última vez que lo vi y eso se acababa de congelar. Ya no había vuelta atrás.

Fuimos a la casa velatoria, elegimos el cajón. Nadie te avisa que en esos trajines hay que entrar a una sala llena de ataúdes y elegir uno según el costo, la madera con que está hecho y el peso que soporta. Me ofrecí por mi experiencia previa y porque creí ser la menos afectada por las circunstancias, pero ninguna se quiso perder el momento, así que pasamos juntas. Había un par que se cubría al 100% con el servicio contratado y otros por los que había que pagar una diferencia. Optamos por el de pino que era el más barato, no había plata para gastar extra.

Buscamos la ropa y el equipo de mate en la casa de papi, compramos algo de comida, organizamos horarios con los cuidadores de los pequeños: mis hijos estaban con el papá, los de mi hermana con los abuelos paternos.

Mi hermano estuvo presente todo el tiempo a través del teléfono, le íbamos contando y fue tomando decisiones con nosotras. Por unanimidad la Crazy Family decidió velar a un exhibicionista a cajón cerrado. Entonces Marce pidió que antes le sacáramos una foto a papi y se la mandásemos. Nos tentamos de la risa, de los nervios. Nadie lo quería hacer, mami se ofreció.

Estábamos en la funeraria, en el depósito maquillaban al muerto para ponerlo en el ataúd. Mami lo vistió con la camiseta de Boca, medias de Boca, vincha de Boca, y lo envolvió en la bandera de Boca. Parecía uno de los mellis Schelotto. Menos mal que era a cajón cerrado, pensé, porque qué vergüenza que la gente lo viera así. Cuando estaba listo dos hombres levantaron el cuerpo para pasarlo de la camilla al cajón y, frente a los ojos de la Claudia se les cayó. Minutos después la foto revelaría el estado de desarreglo en el que había quedado. Una versión desmejorada de La Raulito. Menos mal, volví a pensar, que es a cajón cerrado. Otro estruendo, nuestras risas, un nuevo conjuro contra la tristeza.

                                                                          ***

La mañana del jueves 5 de marzo llevé a mis hijos a la escuela, había algo en ese lugar de hija siendo madre que me sensibilizaba aún más por esas horas. El alivio que me generaba la muerte de papi de alguna forma me reconectaba con la vida familiar de la infancia, con los momentos en que él se comportó como un auténtico papá.

A las 11 salió el acompañamiento al cementerio Municipal de la ciudad. Acordamos enterrarlo hasta que pudiéramos pagar la cremación. Y mi hermano, con una apuesta superadora, dijo: “quiero estar en el entierro, sentir que las acompaño, que estoy ahí con ustedes”. La procesión desde la puerta hasta la tumba la hice con una videollamada, en silencio, mostrándole, al más chico de nosotras, a través de la cámara, quizás el momento más triste y desgarrador de nuestras vidas: la muerte de la infancia.

Los sepultureros levantaron el ataúd, lo ubicaron en la parcela a dos metros del suelo, lo empujaron hasta el final del túnel, acomodaron las flores. Apreté el botón rojo y di por terminada la llamada a Italia. No lloré. Sentí que con ese cuerpo, en ese cajón, con esa bandera de Boca, se iban los velos, la oscuridad, los rencores.

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Verónica Curvale. Escribo y leo desde que tengo memoria. Mis padres me pedían que deje los libros un rato y salga a jugar. Estudié Comunicación Social hasta que empecé a trabajar como redactora en algunos medios digitales que ya no existen, y abandoné. Luego de parir a mi primer hijo abrí el blog “Remalamadre” en el que despunté el vicio de escribir sobre mi vida. La muerte de mi padre, la pandemia y la posibilidad de la virtualidad me llevaron a mi primer Taller de Escritura con Ángeles Alemandi. A ella y a mis compañeros talleristas les debo este texto. Hace unos años descubrí una nueva pasión, la radio y con ella la producción que alterno con mi trabajo formal de oficina.

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