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Guillermo Vilas cumple 70 años: el trabajador del tenis que se convirtió en un mito inigualable del deporte mundial

Dos años. Dos largos años. Eternos como esos inviernos marplatenses. Dos años que se habían ido entre la escuela, el mar, el fútbol, las rocas, el frontón, la bicicleta, los amigos -los reales y los que surgían de su imaginación-, la playa. Dos años fueron los que pasaron hasta que aquellas paredes de la casa de la calle Peña, en pleno barrio Los Troncos, retumbaron con el grito de ese pibe rubio, solitario y libre. Eternamente libre.

“¡La rompí, la rompí… Rompí la raqueta!”, se escuchó en el medio de la nada y mientras mamá, Maruxa, y Marcela, la hermana, se sacudían por el susto. Las dos corrieron, rápidamente, para ser testigos de la nueva aventura pergeñada por ese chico que ya tenía 8 años. Sí: Guillermo Vilas había roto su primer encordado de la Sarina Children que le había regalado su padre, José Roque, y sintió que, al fin, había llegado a ser un “tenista” hecho y derecho.

El pequeño Guillermo Vilas. Foto: Archivo Clarín

Jamás imaginó, en ese instante, los tiempos por venir, los títulos por ganar, la fama por conseguir, la idolatría de tantos, las horas de transpiración por consumir. No. Ese Guillermo Vilas que recién despegaba a la vida estaba orgulloso de sí mismo y se relamía pensando en el fin de semana que se le venía.

Porque ese siguiente sábado, como todos los sábados, los Vilas se instalarían en el Náutico y mientras el escribano José Roque cumplía con su doble rol de presidente de club y tenista aficionado, el pequeño Guillermo, estudiante del instituto Peralta Ramos por aquellos días, gastaría saliva y palabras para contar que esa cuerda brillante de color verde que lucía nueva en la ya vieja Sarina Children había sido colocada en el lugar de la azul y gastada que ya había sido olvidada en una bolsa junto con el resto de la basura de la esquina de la calle Peña.

Aquel no fue un día más para Guillermo Vilas. Ese día Guillermo Vilas supo que se había convertido en “tenista” sin haber entrado jamás a una cancha de tenis.

El “marplatense” Vilas en realidad nació en el instituto del Diagnóstico y Tratamiento de la ex calle Charcas (hoy Marcelo T. de Alvear) por razones que jamás fueron contadas por el protagonista. Pero en aquel agosto de 1952 los Vilas ─una familia de clase media alta, con un padre profesional a quien todos en Mar del Plata conocían como “Cholo”─– viajaron rumbo a Buenos Aires diez días antes del nacimiento. Y diez días después de aquel domingo 17 la familia volvió a recorrer el trayecto de vuelta de 404 kilómetros hasta la primera casa de la avenida Colón, un lugar del que tampoco se habló demasiado.

Colgado de su raqueta, el Guillermo niño flotaba en el aire. De esa raqueta, que era como un ala que tomaba en préstamo ese brazo izquierdo que se transformaría en historia, salían los movimientos más deseados. En el aire marplatense se escuchaba con una breve y musical ferocidad el ruido de la pelota golpeando contra la pared. Una, dos, tres… Diez, veinte, treinta veces.

La pared, siempre dispuesta a recibir los pelotazos, les daba la espalda a esas canchas de polvo de ladrillo del Náutico que aquel niño no podía siquiera espiar. Estaba prohibida la presencia de los menores en ese paraíso anaranjado que quedaba desnudo ante el viento fuerte e impiadoso que soplaba desde el Sur. Y él, masticando el polvo que se le metía entre los dientes le daba una, dos, tres veces… Diez, veinte, treinta veces…

Y así cada fin de semana. Entonces, mientras los grandes jugaban, él practicaba en esa pared siempre fiel. Compitiendo contra ese frontón como lo haría años más tarde y durante muchos años contra los mejores tenistas del mundo.

El peluquero que le cambió la vida

Guillermo Vilas junto a Felipe Locicero, su primer entrenador.

Hasta que hubo una vez (en las buenas historias siempre debe haber un “hubo una vez”) un peluquero en Mar del Plata que le cambiaría para siempre la vida. “Vea, mi amigo, yo ya le enseñé a más de uno cómo se juega al tenis”. Mientras sus manos recorrían con una extrema habilidad la cabeza de sus clientes, Felipe Locicero intentaba convencer ─sin demasiado éxito, claro─ de su pasado en Rosario.

Encorvado, sin pelo, con una sonrisa semipermanente en los labios, en su peluquería no daba el “look” de tenista de blanco, ágil, poderoso, que se dejaba ver en las canchas del Náutico. Sin embargo, José Roque Vilas era un hombre intuitivo y él sabía que el club necesitaba de la juventud para que no se convirtiera en un refugio de gente grande. Los chicos, por aquel tiempo, no jugaban al tenis por aquello de que las canchas estaban vedadas para los menores y porque en realidad se trataba ─se trata─ de un deporte muy difícil.

En el libro “Quién soy y cómo juego” el propio Vilas reprodujo el diálogo que tuvo con su padre. Imperdible, con Locicero como un mudo testigo. “Guillermo, este señor se llama Felipe Locicero y va a ser tu profesor de tenis”, le dijo el escribano. Y él, pura inocencia y frescura con apenas 11 años, disparó: “Pero papá, está viejísimo este tipo”.

─¿Qué te importa si te va a enseñar a jugar bien?

─Sí, pero cuando yo empiece a jugar bien se va a morir.

─¡No se va a morir! Y va a ser tu profe.

Más allá de aquel encordado roto del principio de los tiempos, tal vez la historia de Vilas tenga en su génesis esa anécdota. Porque ahí también empezó todo. El primer profesor. La primera clase de tenis. Los primeros mates compartidos con Locicero en la vieja casilla de madera del Náutico. El primer libro escrito por Bill Tilden que Vilas devoró porque se hablaba de táctica, de técnica y de frontón. Siempre el frontón.

Ya no eran una, dos o treinta veces. Ahora eran cien, doscientas, trescientas… Mil, dos mil, tres mil veces… Porque la pelotita siempre venía para el drive o para el revés. Para la volea o el smash. Para el saque o el drop practicados con una absoluta obsesión. Ya no existía la Sarina Children. Vilas pasó a una Dunlop Blue Flash blanca, inmaculada y que despertaba la envida de Marcelo Montañini, Carlos Bas, Oscar Basso, Rafael González Bosch, Eduardo Pacor, Rodolfo Seiler, Carlos Zapata y Thierry, Michael y Roger Quintin, los compañeros en aquellas primeras clases de la escuelita de tenis del Náutico de los primeros años de la década del 60.

Junto a González Bosch, un porteño cuya familia se había radicado en Mar del Plata, pronto empezó a destacarse. En la cancha y fuera de ella. Y entonces llegaron las primeras invitaciones de los grandes para compartir la cancha. Pero Locicero no quería saber nada con eso.

Su plan para sus alumnos era que se formaran en el frontón, que se lastimaran las manos con el frío del grip de la raqueta incrustándose en el alma de aquellos chicos. Fueron abandonando uno a uno. Hasta que sólo Guillermo Vilas esperaba con devoción cada fin de semana para levantarse cada sábado a las 7 y estar bien temprano en el club. Y ahí cien, doscientas, trescientas veces… Mil, dos mil, tres mil veces…

Chau frontón

En 1963, Vilas ganó su primera medalla en un torneo interno en el Náutico. Tenía 11 años, perdió la final y aquel reconocimiento al segundo puesto fue una puñalada en su corazón orgulloso. Había perdido y para la derrota no se había preparado. Había perdido una final y nadie le había explicado cómo reaccionar ante una situación semejante.

Sus genes llevaban solamente la información del triunfo y nada y nadie podían contra esa falta. Por eso, aquel día, salió de la cancha con un juramento debajo de la piel. A partir de ese día, se dijo y se prometió y se juró, lucharía por ser el mejor. Y luchó por ello.

A los 12 años fue finalista del Campeonato Argentino de infantiles; a los 14 fue campeón sudamericano de menores jugando el dobles con Ricardo Cano; y a los 15 repitió ese logro sumándole el título nacional de la categoría.

En aquel 1967, cuando hacía un tiempo que Mar del Plata le había quedado chica y la Capital Federal lo había recibido en el Buenos Aires Lawn Tennis para jugar en sus equipos de interclubes, Vilas fue por primera vez al Orange Bowl (una suerte de Mundial juvenil por aquellos tiempos) para jugar en la categoría de 16 años.

En single llegó a los octavos de final y en dobles ganó el título con el estadounidense Jeff Austin frente a dos tenistas también locales. Uno era Steve Krulevitz y el otro, Eddie Dibbs, que se convertiría en uno de sus más repetidos adversarios en el circuito.

Al año siguiente volvió al Orange Bowl junto a su padre, que ya estaba seguro que su hijo no abrazaría la abogacía porque la felicidad la había encontrado hacía rato con una raqueta en sus manos. En 1968, después de superar en las semifinales a un tal Jimmy Connors, a quien el resto de los chicos llamaban “Jimbo” o “Junior” porque siempre andaba pegado a su madre, jugó la final con el mexicano Emilio Montaño.

Sobre la arcilla estadounidense que nueve años después sería escenario y testigo de su llegada a la cúspide del mundo, ganó por 6-4 y 6-3 y así Vilas logró para Argentina, y sin perder un set, el primer título en un torneo tradicional y clave en el calendario de los mejores juveniles del mundo.

Quisiera ser grande

Después de volver a Miami en 1969 y de ganar el single frente a otro futuro gran rival como Dick Stockton y el dobles junto a Ricardo Cano contra Dibbs y el propio Stockton, Vilas pasó a jugar solamente con los mayores.

Su nombre ya no pasaba desapercibido en un ambiente que, de todos modos, seguía cerrado. Era el “deporte blanco” y sus cultores estaban orgullosos ─y lo hacían sentir el resto─ de pertenecer a ese mundo. Él le dio para adelante. Y en marzo de 1970, con apenas 17 años, recibió el llamado para integrar el equipo argentino de Copa Davis que debía enfrentar a Chile en el Buenos Aires por la primera ronda de la zona Americana.

Julián Ganzábal, Elio Alvarez y Modesto Vázquez serían sus primeros compañeros en el primer capítulo de una historia tremenda, de un romance singular, de un amor nunca correspondido. Porque la Davis, la bendita y esquiva (para Vilas) Copa Davis siempre le dio la espalda.

¿Cómo olvidar aquel debut del 20 de marzo frente a Patricio Cornejo? ¿De qué manera pasar por alto aquel partido entre el argentino de la gran proyección y el chileno, ya de una vasta experiencia con sus 25 años? Fue derrota nomás aquel día para un Vilas impecable en los dos primeros sets, que se desinfló a partir del tercero y terminó cediendo por 6-2 el quinto parcial.

Pero ahí quedó sellada una relación que duraría 14 años, 29 series, 57 triunfos, 24 derrotas y cientos de historias. Ejemplos, al azar: la final del 81 ante Estados Unidos, la decepción de la semifinal frente a Checoslovaquia –solicitada de por medio– de 1980, la paliza a John McEnroe de 1983, la despedida con triunfo frente a Alemania del año siguiente.

Ahí se acabó el idilio que terminó de la peor manera porque, en definitiva, nunca pudo alcanzar esa Davis de sus sueños por la que tanto luchó pese a tantos coqueteos (ella con él, sobre todo) y por la que se metió definitivamente dentro del corazón de los argentinos. Vilas era la Davis y la Davis era Vilas. Sinónimos para siempre.

Vilas en la Copa Davis

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Llegar a los Grand Slam

Pero hay que regresar a aquel 1970 porque no fue un año más. Claro que no. Aquella, además, fue la temporada que marcó su debut en los torneos del Grand Slam. Y hasta a Wimbledon (sí, Wimbledon marcó su presentación en ese tipo de torneos) fue aquel Guillermo Vilas todavía juvenil con toda la ilusión y con los ojos enormes para observar a los australianos Rod Laver, John Newcombe, Roy Emerson, Ken Rosewall y Tony Roche, al rumano Ilie Nastase o al estadounidense Arthur Ashe.

Porque eso siempre fue Vilas: una máquina de copiar a los mejores, de buscar la perfección observando los movimientos de los más grandes repitiendo hasta el cansancio un golpe hasta que el cuerpo doliera.

Demasiado rápida fue aquella aventura de Wimbledon. El sorteo le puso enfrente al indio Premjit Lall que no haría demasiada historia en el tenis pero que lo despachó sin atenuantes en tres sets y permitiéndole ganar apenas siete games.

Después de aquel torneo vendrían 54 Grand Slams más con la gloria alcanzada en cuatro oportunidades a partir de sus triunfos en Roland Garros y Forest Hills en 1977 y en Australia en 1978 y 1979. Cuatro títulos, cuatro historias más.

Grand Slam

Vilas fue el primer tenista argentino en ganar un torneo de Grand Slam y, con sus cuatro títulos, es también el que más ganó.

Pero antes de los picos más altos de su carrera Vilas tuvo un año, el de 1974, que marcó su explosión. Claro que antes de los tiempos de los triunfos hubo sufrimientos. Como cuando sufrió, claramente, con aquella eliminación en la tercera ronda de Roland Garros ante Manuel Orantes. Él ya estaba entre los 25 mejores tenistas del mundo y pese que el español era poderoso en canchas lentas, él le había ganado el año anterior en Washington DC. Y en París perdió en cinco sets.

Aquel día dejó el club y se fue al hotel. Se encerró en su cuarto. Era un chico de 21 años que lloraba su desconsuelo. La capital francesa era para él una ciudad sin luces que todavía le era desconocida. Un puñado de semanas más tarde el circuito lo llevó a Gstaad para jugar la final. Del otro lado de la red, otra vez Orantes. La sensación de la venganza siempre fue dulce para Vilas. Entró con nervios pero enseguida se serenó. Y se tomó la revancha que satisfizo su hambre.

Después llegaron Hilversum, Louisville, Toronto, Teherán, Buenos Aires y el Masters de Melbourne. Uno tras otro fueron llegando los títulos en aquel 1974 soñado. Había alcanzado muy seguido esa palabra aprehendida hacía muchos años: “éxito”.

Pero “mi vida está llena de sueños”, escribió tiempo después de aquella temporada que lo catapultó definitivamente. “Soy un idealista. Transformo las cosas concretas en objetos míos, intransferibles. Claro que también las uso, las entronizo y después las destruyo porque me hacen mal. Soy perfeccionista. Las cosas imperfectas me desagradan y por eso exijo perfección en los demás. Porque la exijo para mí. Odio a una persona: se llama Guillermo Vilas. Me odio porque conozco mis posibilidades y veo que todavía no las agoté. Vivo con la rabiosa certeza de que dependo de cosas que no son yo mismo. Por eso, en 1974, cuando todo el mundo me alababa, cuando los chicos me hacían su ídolo quizá porque el país deportivo carecía de ellos, yo me sentía mal, disconforme”, explicó.

Ya era “Nene” o “Willy”, según quien lo llamara. Ya era un Vilas 100 por ciento Vilas.

Guillermo Vilas, un símbolo. Foto: Archivo

Había avisado el ya Guillermo Vilas hombre en 1975 cuando jugó la final de Roland Garros ante el sueco Bjorn Borg. Ya estaba entre los mejores del mundo desde hacía un buen tiempo. Y a fines de abril de ese año había llegado al segundo lugar del ranking mundial que por entonces lideraba Connors (el mismo de aquellos años del Orange Bowl, por supuesto) desde hacía diez meses.

Dos semifinales en Forest Hills, dos llegadas consecutivas a los cuartos de final de Wimbledon en sus mejores actuaciones en el césped del All England y la final de Australia 77 en la que fue derrotado por Roscoe Tanner fueron el prólogo de que algo grande se estaba gestando.

Y la gloria llegó en la primavera parisina de un 1977 imborrable e inolvidable. El debut fue ante el yugoslavo Franulovic, cuando perdió sólo siete games. Después pasaron el sudafricano Mitton y el chileno Prajoux ─el único que le ganó un set─ antes de llegar a la segunda semana de aquel Roland Garros. Ya en el sprint final la superioridad sobre el resto de sus adversarios fue escandalosa: 6-1, 6-2 y 6-1 sobre Stan Smith, 6-4, 6-0 y 6-4 contra Wojtek Fibak, 6-2, 6-0 y 6-3 ante Raúl Ramírez y el inolvidable 6-0, 6-3 y 6-0 con Brian Gottfried del otro lado. Vilas era campeón de un Grand Slam.

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Y lo hizo a su modo. Se aisló del mundo en la habitación 570 del hotel Sofitel Sevres. Bajó tres kilos (de 77 a 74) por el esfuerzo. Tantos sueños acunados en las mañanas marplatenses se hicieron realidad cerca del Sena y de cara a la torre Eiffel.

En 1978 y 1979 volvió a festejar con el agregado de hacerlo en el pasto del Kooyong australiano. Primero frente al local John Marks por 6-4, 6-4, 3-6 y 6-3 y después contra el estadounidense John Sadri por 7-6, 6-3 y 6-2. No tuvo la contundencia de Roland Garros pero Vilas hilvanó un éxito tras otro para celebrar por partida doble.

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Claro que después de Roland Garros 77 y antes de Australia 78 y 79, Vilas ganó Forest Hills. La alteración del orden cronológico en el relato no es un capricho sino un homenaje a una epopeya o, mejor, el recuerdo de un día en el que se convirtió definitivamente en el más grande tenista del mundo. Aquel torneo fue mágico. Aquellas dos semanas resultaron tremendas. Y esos 14 días le dieron a Vilas la condición de ídolo intocable.

Ese 11 de septiembre de 1977, con 25 años cumplidos menos de un mes antes, Vilas cruzó la frontera. Desafió los límites y los superó. Porque a partir de ese momento todos los argentinos se identificaron definitivamente con el tenis, todos se aprendieron de memoria los nombres y las características de los principales jugadores del mundo, todos conocieron torneos y superficies y hasta se animaron a hablar de top, smashes, slice y drops.

Ese 11 de septiembre de 1977, Vilas entró en la inmortalidad y terminó de darle forma a su mayor creación. E “inventó” un deporte en una Argentina deportista. Por eso es el más grande atleta de todos los tiempos que haya nacido en este suelo.

Harrington es un suburbio apacible alejado del hervor de Manhattan. Un lugar perfecto para abstraerse de cualquier histeria y plantearse objetivos como el de ser el mejor de todos. Esos objetivos ─en realidad, uno sólo─ coincidieron en las mentes de dos hombres que llegaron a ese lugar con el tiempo justo para prepararse para dar el gran golpe. Ahí, entonces, Guillermo Vilas y su entrenador, amigo, consejero y manager Ion Tiriac planificaron cada paso, cada minuto, cada latido del corazón, cada empuje del alma. Ya habían pasado el español Santana en el debut, Gene Mayer, Víctor Amaya, José Higueras, Ray Moore y Harold Solomon en las semifinales.

Es la mañana de ese 11 de septiembre de 1977 y la vida (su vida) le pasa a Vilas como una película: aquel frontón, aquel polvo de ladrillo pegado a los dientes, aquel frío, aquellos viajes a Buenos Aires en tren o en ómnibus con raquetas y libros para satisfacer el pedido de los padres de terminar una carrera universitaria, aquellos primeros viajes al exterior, aquellos triunfos como juvenil, aquel desembarco en el circuito profesional, aquel gran despegue de 1974, las desilusiones de Roland Garros en 1975 o en las semifinales del Masters de 1976, los entrenamientos, los esfuerzos, los sacrificios.

Récords de títulos en un mismo año

Esa mañana Vilas se levantó temprano como de costumbre y salió a correr para relajarse. Tiriac, mientras tanto, empezaba la jornada un poco más tarde que el finalista de Forest Hills y fumando, tal su costumbre. El rumano se había quedado hasta tarde en el club para ver la semifinal entre Connors y Barazzutti que el estadounidense había ganado en tres sets en el segundo turno, después del triunfo de su pupilo ante Solomon.

Por la noche, en la habitación, ambos habían hablado sobre la táctica a seguir sobre la arcilla del exclusivísimo West Side Tennis: la consigna era jugarle a Connors bajo al drive, lo más cerca posible de la línea de fondo para que el adversario no lo tirara para atrás con su agresividad y para que su pelota no perdiera potencia. Y tratar de que el local no tuviera jamás ángulo para pegar, ya sea tanto de drive como con su revés a dos manos.

Esa mañana, después de los movimientos de relajación de Vilas y del enésimo cigarrillo de Tiriac, ambos fueron a la cancha del hotel Westchester para ejercitar aquella estrategia durante 40 minutos. Al final, todo estaba OK. Sólo había que salir al club en el Chevrolet Nova gris que ambos habían alquilado y que, como todos los días, esperaba con el motor encendido en la puerta del hotel. Otros 40 minutos con Tiriac manejando y Vilas a su lado. Y la llegada al West Side para el ingreso rápido al vestuario con una orden extrema impartida por el rumano: “no molestar”.

El mejor. Vilas, cuando ganó el Abierto de EE.UU. en Forest Hills 77. /ARCHIVO

En realidad, un sólo hombre pudo ingresar a esa “fortaleza”. Fue Bill Norris, uno de los fisioterapeutas más queridos y respetados por distintas generaciones de jugadores, quien se encargó de masajear los músculos de Vilas.

Desde la victoria en la semifinal Vilas, obsesivo como siempre, ya estaba pensando en el partido. Ya tenía en su mente cada jugada. Ya sabía qué haría ante cada intento de Connors. Ya conocía todo antes de disputar el partido más importante de su vida. Hubo tiempo para la entrada en calor ─liviana, informal─ en una cancha secundaria.

Cerca, muy cerca, en el estadio central, 14 mil personas esperaban desde hacía rato la gran definición del cuadro masculino mientras otra niña mimada de los estadounidenses, Chris Evert ─habían sido novios con Connors─ levantaba el trofeo que la consagraba campeona tras vencer a Wendy Turnbull.

Connors-Vilas. Vilas-Connors. Otra vez frente a frente. La tercera después de dos victorias del estadounidense y luego de la paliza que el propio Connors le había dado a Vilas un año antes en ese mismo escenario de Forest Hills, pero en las semifinales. Este Vilas era otro. Más maduro, más concentrado.

Este Vilas sabía que estaba ante una posiblidad histórica y su rival necesitaba una gran actuación para revalidar el número 1 del mundo en un año en el que sólo había llegado a la final de Wimbledon en su punto más alto de rendimiento.

Guillermo Vilas en el torneo de Forest Hill en 1977. (AP/Archivo)

Al principio ambos cometieron demasiados errores no forzados producto de los nervios. Tiriac, desde la tribuna, sólo le dio una orden: “Estate tranquilo”. Connors fue el primero que salió de ese clima negativo y se quedó con el primer set aprovechando que el slice de Vilas no venía con una gran carga de efecto y eso le permitía jugar con una mayor comodidad.

“Recién en el segundo set empecé a soltarme y el slice comenzó a fluir. Antes no había podido porque estaba inseguro. Pero también me di cuenta que él no podía seguir arriesgando tanto sin empezar a fallar. Jugar tan sobre las líneas es muy difícil de aguantar en un partido largo y con tanto viento como el que había. Aunque lo que realmente empecé a hacer bien fue sacar. Creo que nunca conseguí tantos aces. Eso fue fundamental para mantenerlo preocupado”, contó Vilas años más tarde.

Y fue así. En el segundo set empezó otro partido, con un Vilas que no se salió del libreto y que esperó el momento justo: 4-3 y Connors al saque. Había que quebrar y Vilas quebró para irse al 5-3. Y de ahí directamente al tercer set. Ese tercer capítulo sería decisivo.

Los sabían los dos y lo sabía también esa multitud que aguardaba expectante una victoria del ídolo local. Ese tercer set sería el nudo que desataría el partido. Estaba claro que quien lo ganara tendría el título a su disposición. “Realmente la cosa venía mal porque él tenía las riendas del partido”, diría Vilas para agregar: “Pero nunca me preocupé mucho por estar 4-1 abajo porque era sólo un break de diferencia. Tenía continuamente a Ion dándome indicaciones y me sentía seguro. Empecé a jugar de contraataque como creo que nunca volví a jugar en mi vida. Empecé a darme cuenta en qué pelota Connors se vendría para adelante y a qué lugar. Entonces pude preparar mejor el passing para pasarlo” .

El quiebre de ventaja le recuperó en el séptimo game. De ahí fueron al tie break. Y del tie break ganado a un 5-0 contundente en el cuarto set que dejó a Vilas a un paso de la hazaña.

Guillermo Vilas en el torneo de Forest Hills en 1977. (AP/Archivo)

Una doble falta le dio el cuarto match point. El último, el definitivo, el más esperado match point en la historia del tenis argentino hasta ese momento. Vilas buscó el drive de Connors. Lo hizo con obsesión hasta que Connors aflojó el brazo izquierdo y el drive paralelo se fue claramente afuera. Vilas saltó para iniciar el festejo. Pero el umpire se quedó callado. Sin dar el resultado. Sin decretarlo campeón. Uno, dos, tres, cuatro, cinco segundos pasaron hasta que el juez de línea cantó “out” y el umpire dijo las palabras mágicas: “Game, set, match… Guillermo Vilas”.

“Años después me lo encontré a ese juez de línea en una cena de un torneo y le pregunté por qué había tardado tanto en cantar esa pelota”, le contó Vilas a Clarín mucho tiempo más tarde. “Y él me dijo: ‘Yo estaba seguro de que había sido mala pero me sedujo la idea del ser el centro del espectáculo al menos por cinco segundos'”, remató la historia. Lo cierto es que ya estaba. Ya era el mejor con ese 2-6, 6-3, 7-6 y 6-0.

Los testigos de aquel triunfo recuerdan sus primeras palabras. “Ya llegué donde quería”, aseguró Vilas. “Soy el número 1 del mundo aunque no sea europeo o americano. Van a haber muchos que digan que no porque les va a molestar. Pero aunque no lo quieran reconocer, un sudamericano es el mejor. Con esto termino una etapa, la más importante de mi vida. Y con ello me doy cuenta de que me estoy poniendo viejo porque empiezo a recordar. El triunfo en Forest Hills se lo doy a mi país. A esa Argentina que no puedo disfrutar por tratar de conseguir esto… Yo soy el deseo de mucha gente que puso su grano de arena para que fuera lo que soy. A ellos les debo esto. Sin amigos, sin gente que sufra y goce con uno, uno no es nada. A fin de año reuniré a todos mis amigos para decirles gracias. Gracias por llevarme a ser el mejor jugador de tenis del mundo”, completó.

En ese 1977 el primer trabajador del tenis (como alguien alguna vez lo llamó con mucha razón) llegó al techo. Aunque no al suyo porque la esencia de Vilas nunca conoció los límites. En ese 1977 sedujo desde el talento y cautivó desde el esfuerzo. “Araba” las canchas y levantaba ovaciones en todas. Era el Vilas que se destacaba en todas las facetas además de la del tenista: la del declarante, la del analista, la del poeta, la del rompecorazones, la del contradictorio. Era el Vilas genuino que no necesitó convertirse en un producto prefabricado para asociarse al concepto de tenis-show junto a Borg y Connors. Y ese Vilas la rompió en aquel 1977.

Récord de victorias en un mismo año

“Estaba seguro de que sería mi año”, le dijo a este diario alguna vez. “Había perdido oportunidades importantes para ser el número 1. pero en las derrotas me fui dando cuenta de lo que debía mejorar. Y de la bronca saqué las convicciones para progresar. Cuando empezó el 77 sentí que no me paraba nadie y estaba enceguecido. Seguramente enceguecido”, agregó.

“¿Y qué hubo fuera del tenis en tu vida ese año?”, le preguntaron. “Nada. Estaba muy aislado y ni siquiera atendía el teléfono. Solamente lo hacía los domingos cuando terminaban los torneos y conversaba con la gente con la que necesitaba hacerlo. Almorzaba y cenaba en la habitación de los hoteles. Escribí un diario íntimo de aquella campaña. Y leía un libro sobre la vida de Rimbaud. Media página por día”, respondió. Un Vilas auténtico.

Vilas jugó 1.201 partidos como profesional. Alguna vez se lo pidieron y él mismo eligió los mejores. Fueron cuatro. Se quedó con la final de Forest Hills de 1977, con la revancha del Masters de ese año que él mismo le ganó a Connors, con el triunfo ante Borg por la Copa de las Naciones de 1980 y con la vergüenza que le hizo pasar a John McEnroe en la Copa Davis de 1983.

El propio Vilas, para la revista “El Gráfico”, justificó su elección de esta manera:

* “Sin duda la final del Abierto de Estados Unidos de 1977 llevó el plus de haber sido la definición de un Grand Slam. El partido se jugó en un momento muy especial porque estaba en plena lucha con Borg y Connors por ser el número 1 del mundo. Ese torneo definía muchas cosas. Yo venía de ganarle la final de Roland Garros a Gottfried cumpliendo un sueño que era ganar el Abierto de Francia. Y cuando terminó ese partido realmente pensaba que jamás podría volver a tener una concentración y un espíritu igual por el resto de mi vida. Sin embargo Tiriac me convenció de que si había podido una vez también podría otra. Así que nos preparamos muy bien e incluso llegué a Nueva York después de ganarle a un juvenil McEnroe y a Nastase en Harrison. Las primeras rondas las jugué pensando en Borg porque el sueco no había ido a Roland Garros y yo quería reafirmar que ese era mi año. Sin embargo Borg debió abandonar contra Stockton por una lesión y ahí me di cuenta que el US Open no se me podía escapar. Claro que recién en ese momento mi cabeza empezó a armar el partido decisivo con Connors. Hubo algo totalmente decisivo en esa final que tuvo que ver con una cuestión táctica: yo debía tirarle pelotas bajas a su drive porque a él le molestaba muchísimo pegar agachado de ese lado. Así me pasé horas entrenando para encontrar ese golpe. Las finales, por lo general y por lo que los dos protagonistas se juegan en ella, no suelen ser buenos partidos. Pero al tener Connors y yo estrategias tan diferentes, quizá por eso salió un partidazo. El atacó constantemente y yo, desde el fondo, traté de pasarlo con golpes potentes. Me costó encontrar el ritmo y los momentos para jugarle mi revés con slice paralelo sobre su drive. Pero poco a poco lo fui logrando y lo quebré psicológicamente. El nunca le encontró respuesta a esa situación y le gané. Seguramente lo mío no fue brillante pero la disciplina, la potencia y la concentración que mostré esa tarde fue lo mejor de mi carrera”.

* “La segunda parte de ese capítulo que escribimos con Connors tuvo lugar en la misma ciudad cuatro meses más tarde, en el Masters de 1977, que en realidad se jugó en enero del año siguiente. Los norteamericanos la vendieron como ‘la revancha de Forest Hills’ y la expectativa fue enorme, al punto que se vendieron las 19 mil localidades del Madison Square Garden. A diferencia de la arcilla del US Open, el Masters se jugaba en esa época en una superficie sintética que favorecía el tenis de Connors. Además los jueces eran locales y las pelotas también, además de rapidísimas. ‘Jimbo’ estaba como loco y desde el primer game me atacó. Yo recuerdo poco de aquel partido porque era tal la concentración que tenía que lo único que escuchaba era el griterío de la gente y el ruido que hacíamos cuando le pegábamos a la pelota, Me quedó el brazo destrozado de tanto pegarle y eso lo pagué en el partido siguiente contra Borg, cuando perdí fácil. Pero aquella noche del Madison lo sorprendí cambiando tácticamente cuando lo ataqué yo y no supo qué hacer. En el set definitivo le pude quebrar una vez para ganarle por 6-4, 3-6 y 7-5. Jamás olvidaré esa ovación de la gente. Estaba tan cansado que no me daba cuenta de nada y cuando muchos periodistas entraron a la cancha para felicitarme y pensé: ‘Debo haber jugado una barbaridad’. Y fue así nomás porque además la revista ‘World Tennis’ hizo una encuesta en 1980 y aquel partido fue elegido como el mejor de la década”.

Guillermo Vilas y José Luis Clerc.

* “El día que le gané a Borg en Dusseldorf fue en un partido cuya historia tiene un secreto que no se conoció en Argentina. Borg me ganaba ─y me ganó, en definitiva─ más partidos de los que yo le ganaba a él. Y cuando llegamos en mayo a jugar la Copa de las Naciones él venía con un invicto de 42 partidos. Junto a José Luis Clerc y Carlos Gattiker formamos el equipo. Ganamos nuestra zona, nos clasificamos para las semifinales y allí nos tocaron los suecos- Borg había ganado sus tres partidos y sumaba 45 victorias al hilo por lo que una más le permitía igualar mi record de 46, una marca que no contabilizaba las cuatro victorias del torneo de Harrison, que no era oficial. Los partidos con él siempre eran similares porque teníamos el mismo tipo de tenis, con los dos jugando con mucho top. El me superaba en velocidad y entonces casi siempre era yo el que erraba primero. Aquel 11 de mayo de 1980, Tiriac me dijo: ‘Si querés mantener tu record apuntale a las líneas y jugá tiros ganadores. Sino va a ser la misma historia de siempre’. Resultado: jugué un partido perfecto, apuntándoles a los flejes y acertándoles. Gané 6-3 y 6-3 errando sólo una pelota. Después vencimos a la Italia de Panatta, Barazzutti y Bertolucci y ganamos la copa”.

* “Nunca nadie supo por qué salí tan motivado a jugar con McEnroe aquel partido de la Copa Davis del 6 de marzo de 1983 en el Buenos Aires. El pobre McEnroe siempre me preguntó si ese había sido el partido de mi vida y él siempre dijo que fue la paliza más grande que le dieron en una cancha de tenis. Yo estaba muy prendido en esa serie porque antes de jugarla había decidido que ese sería mi último año en la Davis. Y aunque después jugué en 1984, aquel fue mi último match como local. Y yo era conciente de eso. Habían pasado muchas cosas en el equipo y con los dirigentes y estaba cansado. Entré pensando en todos los momentos vividos en la Davis, me pasaban por la cabeza miles de imágenes, de partidos, de amigos. Y me dije: ‘Terminá de la mejor manera’. McEnroe se puso 4-1 y además yo quería ganar para cerrar la serie. De pronto me convertí en una máquina de jugar al tenis y en un suspiro le gané 11 games seguidos. Me fui de la cancha sin festejar y llorando. Sólo yo sabía que esa era la última vez en casas…”.

Triunfos en partidos ATP

Guillermo Vilas es uno de los diez tenistas de la era profesional con más partidos oficiales ganados (figura 6° en dicha lista): a lo largo de su campaña obtuvo 951 triunfos, con 297 caídas.

El otro Vilas

Iconos. Guillermo Vilas y Gabriela Sabatini.

No todo fue ─y es─ tenis en la vida de Vilas. Porque también la música y la poesía ocuparon un lugar preponderante en su ser. El siempre lo sostuvo. “Empecé a amar el rock de joven gracias a Luis Alberto Spinetta. La primera vez que lo fui a ver estaba con Pescado rabioso y con David Lebón vestido de mujer. Y al escucharlo al ‘Flaco’ descubrí una parte de la música que no sabía que existía. En 1986 comencé a estudiar canto y con los años me fui relacionando con músicos como Sting o Keith Richards, por ejemplo. Recuerdo mi guitarra Bigsby del 52, como yo”, relató.

“¿Cómo arrancaste con la guitarra?”, lo interrogaron algún día. “Fue un desafío, como muchas cosas en mi vida ─respondió─. Cuando un profesor de literatura me dijo que nadie podía escribir poesía como Bécquer, yo escribí un poema larguísimo, horrible, y el tipo me lo rompió delante de la clase y me hizo pasar un papelón inolvidable. Entonces decidí que iba a escribir poesía. Y cuando Vitas Gerulaitis o McEnroe tocaban la guitarra con David Gilmour, de Pink Floyd, me pregunté: ‘¿Y por qué yo no?’ ¿Y la poesía? Escribí dos libros: ‘125’, que se editó en 1975, y ‘Cosecha de cuatro’, en 1981. ‘125’ tiene muchas cosas codificadas, puse cosas muy mías. Hay un par de cuentos que uno los lee y los puede entender como una historieta y, en realidad, si yo los explico es algo muy distinto. Diría que son locuras que tenemos todos. Fue mi primer libro y corrió por mi cuenta”.

Los títulos de sus dos libros tienen también una historia detrás. “125” era una sigla secreta que Vilas tenía, de muy chico, con su abuela materna. Se llamaban mutuamente de ese modo. Eran muy amigos y muchas veces ella llegó a ser su principal confidente. Había situaciones que el Vilas niño no les contaba a sus padres y en ella encontraba un ser de una absoluta libertad. Sus hijos se habían casado, estaba sola y la abuela le contaba historias familiares. Con ella fue a comprar su primer auto.

Cuando se enfermó y ella misma supo que no le quedaba mucho tiempo, la única condición que puso para internarse en un hospital fue que nadie le dijera nada a su nieto. Vilas ya se había hecho un nombre en el mundo del tenis y se enteró afuera. Regresó de inmediato, la vio y falleció seis horas después. Como si lo hubiera estado esperando. ¿Y “Cosecha de cuatro”? Lo escribió cuatro años después de “125”. Simple.

El mito Vilas

Guillermo Vilas, el mito.

Un día, con Vilas ya retirado, alguien le contó la historia de Raúl Capablanca, uno de los mejores ajedrecistas de todos los tiempos. Y se sintió como el cubano. Esa historia cuenta que cuando Capablanca tenía apenas 6 años estaba en el porche de las cada de verano de la familia en La Habana y se puso a observar una partida entre su padre, un hosco coronel, y un amigo.

Colgado de una baranda clavó sus inmensos ojos negros sobre los trebejos y el tablero bicolor hasta que el padre le preguntó: “¿Qué mira? ¿Acaso entiende algo?”. “No. Pero ya me di cuenta de cómo se mueven las piezas. Ya sé jugar…”, le respondió. El padre, entre enojado y nervioso, lo desafió: “Muy bien. Siéntese a jugar”.

Unos minutos más tarde el pequeño Capablanca le había ganado dos veces a su padre y una a su amigo. Y aventuró una explicación: “Creo que este jueguito fue hecho para mí”. Desde ese día Capablanca vivió para el ajedrez y se cansó de ganar partidas y torneos. Fue campeón del mundo y se transformó en mito.

Hoy Vilas es mito desde su racha de 50 partidos ganados en forma consecutiva que se cortó con la famosa raqueta de doble encordado utilizada por Nastase en Aix en Provence. Desde sus 62 títulos entre el primero logrado en Buenos Aires en 1973 ─en aquella final contra Borg que lo instaló definitivamente en las portadas de los diarios y en las tiras deportivas radiales─ hasta el último de Kitzbuhel, diez años más tarde. Desde la masividad alcanzada en 1974 que se convirtió en la catapulta que impactó en el corazón y el alma de los argentinos. Desde sus cuatro títulos de Grand Slam y desde su 1977 increíble con 17 conquistas en 33 torneos jugados y 163 partidos disputados.

Mayor racha invicta

Los 46 triunfos consecutivos de Guillermo Vilas en 1977 constituyen, hasta ahora, la mayor racha invicta de un tenista en la era profesional.

Desde su empuje junto a José Luis Clerc para ganar la Davis más allá de los fogoneos impulsados desde afuera de ellos dos. Desde sus nueve temporadas en las que finalizó entre los 10 mejores jugadores del mundo. Desde sus 21 años como profesional sudando en todas las canchas. Desde su número 1 que no fue por un capricho pero que fue por el reconocimiento de (casi) todos.

Desde su despedida de Roland Garros en aquel 1989 frente al ignoto italiano Claudio Pistolesi, a quien le dio un abrazo antes de regalarle al público la vincha y la muñequera. Desde su último partido en noviembre de 1992 cuando en la primera ronda del Challenger de Pembroke Pines fue eliminado por el sudafricano Grant Stafford.

Pero también es mito Vilas desde sus relaciones amorosas con las mujeres más hermosas del mundo ─aquella con la princesa Carolina de Mónaco fue la más famosa de todas─ hasta que la tailandesa Phiang Phatou le dio la estabilidad emocional tan perseguida y tan merecida que se coronó con la llegada de cuatro hijos.

Desde sus discos y sus bandas hasta sus libros de poemas. Desde sus autos y sus motos hasta sus clubes diseminados por buena parte del mundo. Desde el rock and roll que adora hasta sus amigos más fieles que velan por su salud y por permanecer lo más aislado posible para evitar que hoy el mundo lo vea lejos de aquel hombre capaz de todo.

Y por último es mito Vilas desde su vincha, su remera Fila blanca con mangas rojas bien pegada al cuerpo, su muñequera y su raqueta Head Vilas de madera. Desde su revés con top, su smash de revés y su “gran Willy”. Desde su brazo izquierdo hecho de piedra, su corazón hecho de roble y su alma hecha de acero. Desde sus ojos eternamente irritados y enrojecidos. Desde su boca que siempre tuvo algo para contar y para decir y desde sus manos que nunca se negaron a las manos de sus colegas, los tenistas.

Porque Vilas sigue siendo un jugador de tenis. A los 70 años no abandona la lucha más allá de que el cuerpo y le mente parezcan decir lo contrario. Él nunca supo de flaquezas. Eso nunca figuró en su diccionario. Por eso llegó a lo más alto. Y emocionó. Y escribió una historia que cambió para siempre.

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