El adiós a Cacho Lobello, el último gran héroe de nuestro rock

«A veces duele el rock and roll…”

Este lamento visceral de una de esas almas que quedaron huérfanas con esta gira eterna que decidió emprender Eduardo Cachito Lobello, es apenas una de las manifestaciones atravesadas por la tristeza que escuchamos en la despedida del último gran héroe de nuestro rock. El de acá, el palpable, el de todos los días y hasta el último, el patagónico.

“Cuando vos querés escribir una canción, lo mejor que te puede pasar es hacerlo desde tu lugar, de donde te tocó vivir”. El río, la barda, el homenaje a los ídolos populares, el barrio, el fútbol con amigos, la música, el rock. Siempre el rock.

Cacho escribió, musicalizó y homenajeó a todo aquello que lo conmovía. Directo, genuino y sin dobleces, Lobello se deshizo siempre de manera natural de las falsedades. Casi una tarea práctica y sin esfuerzo para un tipo definitivamente auténtico y real.

Y el apego con sus pares, claro. “La magia para seguir componiendo y compartiendo momentos se lo debemos a la amistad, más allá de la música. Nuestros códigos de compañerismo se mantuvieron inalterables y nos ayudaron a permanecer. Esa es nuestra fórmula”, le confió Lobello a este periodista en una entrevista para el Diario Río Negro en julio del 2007 cuando festejaban los 10 años de Remolcador, una de las tantas bandas de las que Lobello fue pilar fundamental.

La sonrisa que siempre acompañó a Cacho Lobello. (Foto/Soledad Keegan)

Con Cacho se va el último de su especie, un linaje rockero irrepetible que compartió con sus compadres de la vida, Paul Flores y Falucho Antinao. Una clase única de personajes con pantalones bombilla, viola colgada del hombro, resistencia y pelo largo, cuya adolescencia y juventud coincidió con los años más pesados de la última dictadura militar.

La estampa transgresora de aquellos tiempos iba demasiado a contramano de los poderosos de turno, que jamás pudieron aventurar que dentro de esa imagen exterior dura y contestataria, convivía una persona sensible, generosa y de un corazón del tamaño de una guitarra.

El gran mérito de Cacho en sus casi 60 años de existencia ha sido la coherencia, el compromiso fiel con sus ideales, atento a las nuevas olas pero sin olvidar la raíz del asunto. “Somos permeables a todo tipo de influencias, pero a mí lo que me mantiene vivo es la química del rock’n roll”. Esa era la poción mágica de Cacho, cuyo embrujo fue suficiente para que la Legislatuta de Río Negro en enero de este año declarara su labor «de interés cultural, social y comunitario» y «por ser difusor del rock rionegrino y patagónico».

Con la muerte de Cachito se extingue la madera primordial de los primeros rockeros, los irrenunciables, los que sólo con el sonido que brotaba del tocadiscos imaginaron otro estilo de vida, un lugar diferente, un sueño de autodeterminación que los liberara de aquellos años de plomo que amenazaba con aplastar su juventud.

Seguramente en ese subsuelo húmedo y lleno de magia llamado “la sala de Cacho”, que tantas veces hizo de estudio de grabación, sala de ensayo, refugio de zapadas memorables y también homenajes en vida, se encuentren entre sus paredes las verdades de un tipo bondadoso, que sabía reír, que no dejaba de aprender y que también, a su manera, podía regalarte su sabiduría.

– Si esta sala hablara Cacho…

– Mejor que no hable Negro, mejor que no…

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