viernes, 12 julio, 2024

La industria química alemana invierte cada vez más en el exterior

Alemania es la cuarta economía del sistema mundial (US$S 4,23 billones/5% del PBI global), y en los tres meses anteriores a junio se ha estancado completamente, después de haberse contraído en los dostrimestres previos, lo que indica que se sumergiría en un nítido proceso recesivo en el segundo semestre del año.

Una de las razones fundamentales de esta situación es que la industria manufacturera se encuentra claramente en una fase contractiva en el mundo, y esto golpea desproporcionalmente a la República Federal, donde la manufactura representa 25% del PBI.

La causa específica de este retroceso es el auge notable experimentado por el costo de la energía provocado por la Guerra de Ucrania, sumada a las sanciones impuestas a Rusia por EE.UU. y la Unión Europea (UE).

El resultado es que se ha provocado una caída de 17% en el sector energo-intensivo (industria química, vidrios, y papel).

Más de un tercio de sus compañías, incluyendo la mitad, o más, del sector energo-intensivo, han comenzado a colocar gran parte de su producción en el exterior, clausurando progresivamente sus plantas domésticas.

La “Cámara de Comercio e Industria de Alemania” (DIHK) señaló que 32% de las empresas han resuelto invertir fuera del país, lo que significa trasladar gran parte de su producción.

Es significativa la decisión de BASF – la mayor empresa química de la RFA y del mundo – de construir en China una planta petroquímica que será la más avanzada del sistema global con una inversión de US$10.000 millones, al tiempo que anunció una reducción permanente de sus instalaciones en Ludwigshafen (Renania), donde se fundó la industria química alemana, cabeza de la segunda revolución industrial.

Es tan importante el monto de la inversión como el hecho de que la nueva planta en China se construya con las tecnologías de última generación, centradas en la lucha por la neutralidad carbónica, para enfrentar el cambio climático, el desafío de la época.

Lo que sucede en Alemania es un doble movimiento de des-industrialización, sumado al debilitamiento del proceso de des-carbonización; y esto ocurre cuando tanto EE.UU. como China aceleran su participación en la Cuarta Revolución Industrial, que exige un salto cualitativo en la digitalización del sistema, junto con el combate al calentamiento de la atmósfera o cambio climático.

La crisis de la industria alemana no significa colapso de ningún tipo, sino pérdida creciente de relevancia, en un mundo que se integra cada vez más arrastrada por una vertiginosa digitalización, al tiempo que el equilibrio mundial se vuelca definitivamente hacia Oriente, con China convertida en la segunda economía global, e India asumiendo ya el lugar de la tercera; y todo esto ocurre mientras EE.UU. profundiza su crisis política doméstica, manifestada en su extrema polarización y enfrentamiento interno, al tiempo que acelera – paradójicamente – el cambio tecnológico, y demuestra el extraordinario vigor de su economía, la primera del mundo y la más avanzada.

La industria química adelanta el destino de Alemania como nación, un país extraordinario tanto en lo económico como en lo social (papel crucial del Mittelstadt), pero que ha decidido colocar al futuro fuera de sí, lo que implica rechazarlo como una empresa propia.

La industria alemana en general, y en especial la manufactura química y automotriz, no tiene más alternativa que ejecutar un proceso de reestructuración en gran escala, con la recalificación completa de su fuerza de trabajo en los términos de la Cuarta Revolución Industrial, centrada en la digitalización de la manufactura y los servicios.

Esto significa, en un mundo absolutamente integrado por la revolución de la técnica, asumir una alternativa fundamental e irreversible frente a China, que es la superpotencia que establece las pautas de la manufactura en el mundo; y frente a esta realidad no hay margen para ningún tipo de ambigüedad estratégica.

China se ha convertido en una opción existencial para la Alemania manufacturera del siglo XXI.

La República Popular es ya la principal socia comercial de Alemania en los últimos 6 años, por encima de Europa, con un intercambio que alcanzó a US$243.000 millones en 2022, que se incrementa 8% anual.

La potencia manufacturera de la RFA se manifiesta en el hecho de que su superávit de cuenta corriente es el primero del mundo en relación al producto y la población, lo que implica que proporcionalmente es superior al de China y EE.UU.

La República Federal es la única gran potencia industrial en la que no hubo retroceso manufacturero, ni participación significativa en la economía post-industrial fundada en los servicios.

Lo que hay en este país excepcional es retraso en las inversiones en “capital intangible” (conocimiento, propiedad intelectual, etc.), que son las propias de la Cuarta Revolución Industrial; y esto sucede en un momento intensamente disruptivo de la historia del capitalismo que exige un salto cualitativo tanto político como económico.

Queda atrás la vocación por lo incremental y paulatino – la visión de Angela Merkel – y se necesita ahora atreverse a las grandes decisiones: esta es una época de carisma y no de burocracias, por eficientes que sean

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