Diario de viaje, día 22: las olas, el viento y la moraleja de «le sourfer» incomprendido

De este lado del Atlántico, las olas no son una característica saliente del mar que baña la costa de La Baule. No son aguas traicioneras de esas que alejan al bañista de la segura de la arena firme de orilla. Tal vez por eso no haya ni guardavidas, ni banderas para interpretar la peligrosidad de las distintas mareas.

Si no fuese porque a veces la bajamar deja una superficie de playa inmensa como una de estacionamiento de hipermercado y otras la pleamar lleva el agua hasta los últimos metros de arena seca junto a la rambla, se podría intuir que no se trata del mar sino de un lago.

Así las cosas, diariamente un joven embutido en neoprene, se adentra en aguas calmas con una tabla de surf y espera lo que nunca sucede, una ola para desafiar, montar y domar. Esos segundos de adrenalina sobre un nervio de telgopor recubierto en fibra de vidrio que nunca llegan. Le sourfer de La Baule es un entusiasta al que nadie le dice si ahí se puede o no surfear.

Pasa algunas horas sumergido y después es fácil perderlo de vista: es aburrido verlo. Por alguna circunstancia, presumiblemente la ausencia de olas, en algún momento decide volver a tierra firme. Sale con la tabla bajo el brazo y el porte de quien acaba de concretar una hazaña.

Existe una guía de referencia para los domadores de olas. Según las condiciones meteorológicas, la dirección del viento y el periodo entre cada ondulación, surge un coeficiente que determina las posibilidades de surfear. Ese valor es una combinación de letras y números. En La Baule la D o E es una constante, acompañada del 0 o el 1, en una escala que llega al cinco.

Entusiasta, el surfer de La Baule se interna aun sin olas.  Fotos Emmanuel Fernández/ Enviado especial Entusiasta, el surfer de La Baule se interna aun sin olas. Fotos Emmanuel Fernández/ Enviado especial La primera letra corresponde a “malo” y la segunda a “Muy malo”, el cero indica “sin olas” y el 1, “ola muy pequeña”. Cada quien tiene sus aspiraciones y motivaciones que suele defender contra viento y marea. Ese sería el caso que explique al surfista errante de esta ciudad francesa.

Hasta que un día cambian los parámetros. El D1 o E0 de pronto se convierte en un A5 o B4 que permite, sin hablar de paredones de agua hawaianos, en respetables olas que solo los más preparados pueden domar. Y ahí está el deportista incomprendido de la ciudad para aprovechar una de las pocas ocasiones en las que vale la pena ser surfista en las casi siempre aguas calmas de La Baule.

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