Mundos íntimos. Tengo 18 años, soy casi ciega. Me encanta galopar y saltar a caballo, ahí me siento libre, que puedo todo.

Cuando nací -en Funes, a unos pocos kilómetros de Rosario- mis padres no tardaron mucho en darse cuenta de que no veía. Quisieron construir un mundo para una beba ciega que no la recluyera en la oscuridad. Si pienso en ellos hoy, pienso en el camino de luz que hicieron la mujer que soy.

Tengo 18 años y mi diagnóstico es coloboma bilateral de nervios ópticos. Se trata de una afección congénita que genera un problema de desarrollo en el nervio óptico. Me falta tejido en la conexión del ojo con el cerebro, ocasionando deterioros profundos en mi campo visual. Tengo baja visión severa y, al menos en mi caso, no se puede solucionar con cirugía ni con anteojos, solo la estimulación visual temprana que recibí desde los dos meses me permitió potenciar el pequeño resto visual que hoy tengo sólo en mi ojo izquierdo.

Vera de pequeña, con Chiche, el caballo de un vecino que le llamó la atención cuando era niña.Vera de pequeña, con Chiche, el caballo de un vecino que le llamó la atención cuando era niña.Antes del año vi las primeras sombras, algunos contornos… ¡Un día descubrí los ojos de mi mamá y de mi papá! Pero escribo este texto no para contarles sobre mis padres, lo escribo para que sepan cómo llegué a donde estoy ahora: al paso, al trote, al galope.

En el barrio de Funes en el que vivimos, había un terreno en el que pastaba Chiche, un tobiano criollo de nuestro vecino. Mi papá lo observaba pastar manso durante las mañanas y las tardes hasta que un día se animó. Yo era una beba la primera vez que me acercó al enorme animal y lo toqué. Sin ver las dimensiones ni la estatura de Chiche pienso que lo que debe haber sentido mi mano de bebé fue el suave pelaje, peinado por el viento cálido de pueblo. Mi papá me subió y me recosté sobre su lomo, podemos decir que fue mi primer contacto con quienes serían mi opción de vida.

La pasión por los caballos llevó a mi familia a buscar una forma de intensificar el contacto con ellos. Se daban cuenta que me trasmitían seguridad y eso era algo en lo que todos – familia, médicos y docentes- coincidían que necesitaría para sobrellevar mi dificultad. Desde que era una niña de seis años comencé a cabalgar en la escuela de ponis del Jockey Club de Rosario.

Vera hoy. La equitación casi siempre produce una sonrisa.Vera hoy. La equitación casi siempre produce una sonrisa.La equitación es una actividad costosa, pero mi familia estaba decidida a hacer todo lo que estuviera a su alcance para que creciera saludablemente. Los profesores no tenían experiencia con casos como el mío y hoy, que cabalgo en otro lugar, me doy cuenta que tampoco la pista estaba preparada para mi discapacidad. Me trababan como a cualquier niña que montara.

Y yo quería más que ir al paso, quería galopar. Sentía a los caballos trotar y deseaba vivir esa sensación. Mis abuelos me decían “Vos podés, vos podés” entonces un día le dije a mi profesora, que yo quería probar, que me deje intentarlo. ¡Dijo que sí! Imagínense, fue una adrenalina que me recorrió el cuerpo. Me lo propuse, pero el caballo estaba vago, él no quería. La frustración también es un sentimiento que aparece pero, como en todo, es volver a insistir, no bajar los brazos, ponerse un objetivo. Volví a intentar con Tango, mi primer compañero de galope. Todo lo que podía pensar es que tenía que sujetarme bien, apretaba las piernas al cuerpo de Tango, me agarraba de las riendas y sentía el viento chocar en mi cara. Fue maravilloso. La primera vez de algo no te lo olvidas más. Es sentirse libre, que uno puede todo. Cuando volví me felicitaron, estaban orgullosos de mí. Ese día entendí que no iba a poner un límite, la equitación adaptada es segura y los accidentes son tan comunes como para cualquier jinete.

Luego llegaron los saltos. Ustedes se preguntarán cómo hago con las vallas si no las veo. Hoy, con Ornela, mi instructora de salto, recorremos previamente el circuito caminando y lo repasamos varias veces para que pueda formarme un mapa de la pista en mi cabeza y así poder ubicarme sin verlo. Además, las instructoras se paran al costado de las vallas y van haciendo sonidos a medida que me acerco para que sea yo la que guía al animal y no al revés. En estos tips reside lo más importante. Al principio, esto costó porque los profesores no eran especializados y al tratarme como a una chica sin problemas no se daban cuenta de que no alcanza con que el caballo viera los obstáculos, el jinete debe saber dónde indicar.

Hubo una época en que no todo fue color de rosas. Por diversos problemas -económicos, entre ellos- tuve que dejar de entrenar y lo viví con pena. Entonces mi papá que estaba convencido desde aquella vez que me subió a Chiche que yo tenía que apoyarme en ese deseo para progresar, creó una rutina para que los caballos no desaparecieran de mi vida.

Cada fin de semana me llevaba a pasear a zonas más alejadas en las que es común que los caballos estén pastando en terrenos, primero con cierta distancia nos íbamos metiendo en su mundo hasta que algunas veces teníamos suerte de cruzarnos con una yegüita mansa y entonces se dejaba acariciar. Fabián es un hombre decidido y afectuoso y encontró la forma de que no perdiera la satisfacción de estar en contacto con los caballos. Me gusta hacerme parte y todo con ellos, verlos alimentarse, descansar bajo un árbol, pararse desafiantes porque estás ahí. Esa alegría que yo tenía cada fin de semana llevó a mi padre a buscar otro lugar donde pudiera cabalgar y en 2016 me crucé con Manuel, un gran profesor de equitación criolla, con el que aprendí mucho durante 5 años. Desde entonces soy feliz, y cada día me animo a algo nuevo.

Para la equitación adaptada es fundamental la confianza. La propia y la de los otros. Ahora no me pierdo una clase, cuando llueve se cambian los horarios para que todos podamos usar la pista techada que, claramente, es más chica. Todos los sábados me espera Athina, la yegua que es mi compañera hoy y con quien galopo y salto vallas de 50 centímetros de altura. La amo con todo mi corazón. Ella sabe cómo soy cuando me frustro y cuando me alegro. También me percibe.

Tiene un carácter fuerte, como yo. Es caprichosa y cuando no quiere se pone cabeza dura. Ya nos conocemos tanto que sé que cuando no sale un ejercicio y hay que repetir y repetir y repetir se pone molesta y cabecea. Yo también me pongo molesta pero no voy a arrepentirme y sigo probando. Es un tire y afloje para ver quién es más testaruda: si Athina o yo. Tengo que reconocer que hay veces que gana ella. Nos tenemos una confianza ciega, es algo vital para hacer un deporte así con un animal enorme y una mujer con problemas en la vista.

El sinónimo de oportunidad en el diccionario de mi vida se dice “Cecilia”, mi profesora. Cecilia es como la canción de “que pueda abrir la puerta para ir a jugar”. La conocí cuando entrenaba en “El Susurro”, me observó por un tiempo y después se acercó a mis padres y les contó del “Pingo Fe” un lugar donde daba clases. Nos contó sobre la equinoterapia y la equitación adaptada. Nos convenció de que nos acerquemos. En la vida se necesitan oportunidades, todos las necesitamos y el esfuerzo es mejor si es compartido. Ella trasmite otra manera de conectarse con este deporte, la parte de “adaptada” es sencilla, busca cómo hacer más fácil, más acorde un deporte a las necesidades de quienes queremos practicarlo.

Virginia, es mi mamá, mi gran compañera, pero a veces tiene temor que me caiga de los caballos. Los caballos de salto son altos, altísimos. No se trata sólo de sentarse y desfilar, la equitación se trata de indicarle a un animal enorme que haga lo que vos querés. De fusionarse a través de sonidos y el contacto. Hay que desarrollar una “confianza ciega” entre los dos. Los caballos están vivos, no son una bicicleta: se enojan, están cansados o interpretan mal una indicación. Inclusive una puede equivocarse y desconcertarlos. Eso pensé que había pasado la primera vez que la yegua me tiró al piso.

Fue un día como todos, en la semana había ido a clase y llegaba el sábado para ir a cabalgar, es un día muy esperado y cuento con el equipo necesario. Cuando llego al centro de equitación, muchas veces ya todo está listo y es solo dar el primer paso, enganchar el pie en el estribo y acomodarse. Pero hará dos años un caballo se enojó o se asustó y me tiró. Algo completamente inesperado, cómo pueden imaginarse la caída fue rapidísima, pero para mí, mientras caía sentía como en esos sueños que soñás que te caes. No podía distinguir si estaba pasando o no.

Cómo choqué contra el piso, no lo sé; cuando recuperé el sentido, cuando volví en mí, un profesor me estaba sacando el casco y otro venía corriendo. Pensé en mi mamá antes que en el dolor. Ella es temerosa y la posibilidad de que me cayera siempre la había preocupado. Me caí, fue la primera, pero no la última vez. A partir de ese día la profesora prefirió que a las clases me trajera mi papá.

Con Cecilia salgo a mover a los caballos de equinoterapia, la ayudo. También los peino y organizo las monturas. Es un trabajo que hace al ejercicio, vincularse desde varios lugares te hace parte y esa oportunidad me la dio ella. La de no ser la excepción sino una más de las que amamos este deporte. Tal vez este sea el verdadero sentido de escribir estas palabras. Que nos animemos más, que busquemos las oportunidades y no nos de miedo intentar y no nos frustremos a la primera de cambio. Que solos no es más fácil, que la familia y los amigos tienen que ser un apoyo. Busqué escribir este artículo pensando que quería que supieran más personas sobre la equitación adaptada y ahora me doy cuenta de que mi historia no es solo eso, es más de cómo podemos juntos. De escucharnos en lo que deseamos y de que nos escuchen. De ver, pero no con los ojos, de ver con el corazón a los que nos rodean y apoyarlos.

Un día frente a mí estuvieron los rostros de mis seres queridos y no me acuerdo qué sentí. Un día subí al pelo de Chiche, pero tampoco me acuerdo qué sentí. Lo que sé es que mis padres, Virginia y Fabián, me vieron a mí, vieron mi rostro. Vencieron sus propios miedos, asumieron sus frustraciones y hasta cuando no tenían los medios buscaron la oportunidad de cruzarnos con una yegüita mansa que se dejara acariciar. Ahora tengo en mi horizonte estudiar la diplomatura en Equitación Adaptada, es la forma en la que me propongo continuar para que más y más niños y jóvenes, por qué no adultos también, sepan que sí se puede.

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Vera Alegre. Tengo 18 años y acabo de terminar la secundaria en el Instituto Fisherton de Educación Integral. Vivo en Funes, una ciudad de la periferia de Rosario. Nací con una discapacidad visual. De niña intercalé la escuela para ciegos y el jardín común y siempre cursé en escuelas que no eran especiales con la ayuda de docentes integradoras. En quinto año nos propusieron hacer un trabajo final; la investigación que realicé fue sobre equitación adaptada, “La equitación adaptada como herramienta para el desarrollo social de jóvenes con discapacidad visual”. Ese fue el puntapié para contarles mi historia.

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