El origen de la fraternidad humana

La antropóloga Margaret Mead toma notas durante uno de sus trabajos de campo.

Durante décadas se sostuvo que cuando una estudiante le preguntó a Margaret Mead cuál era el origen de la civilización, la famosa antropóloga le respondió que fue el momento en el que un fémur humano cicatrizó. Mead explicó que en el paleolítico y en el ambiente salvaje ningún animal adulto puede sobrevivir si una de sus principales extremidades se ve dañada severamente. “No podría huir, no podría desplazarse para conseguir alimento o agua, y finalmente sería presa fácil de algún depredador”. Si un adulto humano logró sanar su fémur quebrado eso mostraba que gozó de la ayuda de otros humanos que durante semanas lo atendieron, lo defendieron y le dieron de comer y de beber, quizá incluso exponiéndose ellos a ser presas de otros grupos humanos con los que pudieran estar enfrentados o de animales más poderosos, como un león o un oso. La conclusión es clara: la civilización no comienza con una nueva tecnología (la ciudad, el dinero, la escritura, como se dice habitualmente) sino con un rasgo social: la solidaridad entre los miembros del grupo.

Desde que comenzó a circular esta anécdota -hace ya más de 60 años- se ha cuestionado que Margaret Mead haya podido decir algo semejante (en primer lugar porque en sus libros sostiene que la civilización comienza en el Neolítico, con el sedentarismo, la siembra y la creación de ciudades, tal como lo sostienen la mayoría de los historiadores y antropólogos). Más allá de si Mead dijo eso o fue un invento que se viralizó, lo importante es pensar en el hecho en sí y qué significado tiene en la historia humana. ¿No hay otros animales que cuiden durante un largo tiempo a sus miembros desaventajados? Hay ejemplos, pero no con animales heridos sino de colaboración en la rutina natural: por ejemplo, varias especies de aves hacen que la hembra quede a cargo de empollar los huevos mientras el macho va en busca de comida durante semanas.

Hay algunos ejemplos actuales de animales que han sobrevivido a heridas que los han inmovilizado durante semanas. Pero son animales que estaban en bosques o parques en los que no había depredadores naturales. Encontrar restos de hace 45.000 o más años de una persona cuyo fémur ha sanado es una prueba clara de que ha sido objeto de cuidado intensivo durante semanas por parte de otra persona o por un grupo. Y si bien no es absolutamente excepcional la ayuda entre individuos en el reino animal (aunque es muy rara), lo que sí es excepcional es que el cuidado, en un mundo salvaje y muy peligroso, se sostenga durante semanas o meses -el tiempo necesario para la persona herida pueda volver a valerse relativamente bien por sí misma-.

El ser humano ha demostrado ser extremadamente violento. De hecho es la principal causa de exterminio de especies animales en el planeta. Además, también somos crueles con los de nuestra propia especie: durante milenios las guerras y conflictos armados entre tribus distintas han sido una de las principales causas de muerte. Cientos de millones de personas murieron en el siglo XX en conflictos armados y persecuciones políticas.

Pero también los seres humanos tenemos un costado empático muy pronunciado, que fue el que nos ha permitido colaborar entre nosotros y sobrevivir a condiciones que durante millones de años fueron terriblemente difíciles. Ser humano es ser complejo y contradictorio.

La empatía por los otros miembros del grupo (que alcanza el extremo del sacrificio voluntario) ha sido un elemento tan esencial como el lenguaje para garantizar la perdurabilidad de la humanidad. Ya sabemos que sin lenguaje hubiera sido imposible organizar sociedades complejas. A lo sumo podríamos haber seguido viviendo en bandadas de algunas de decenas, como los demás primates.

Fue el lenguaje el que nos permitió crear mitos compartidos, creencias que nos reúnen en grupo tan enormes como las naciones modernas. Pero la capacidad de tolerar vivir con los otros es fruto también de ese sentimiento de empatía, esencial para confraternizar, para comprender el dolor del otro y para ayudarlo cuando lo vemos en problemas.

El anonimato en la gran ciudad nos distancia cada vez más de los otros. Ahora buscamos que el Estado o las organizaciones sociales creadas a tal fin se hagan cargo de los que tienen problemas de salud, por ejemplo. Y estamos incluso discutiendo si es justo o no preocuparnos por los quedan en la calle. Cien mil años de desarrollo técnico nos están encerrando en un mayor egoísmo. El desarrollo moral no corre parejo con la tecnología.

Hoy tenemos más medios que nunca para solucionar problemas, pero tenemos cada vez menos empatía para usar esos medios en beneficio de todos, en especial de los que están más desvalidos. Más tenemos, menos empáticos somos.


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