En un contexto de precios elevados, la tortuguita se posiciona como una alternativa accesible y rendidora para las mesas rionegrinas.
En tiempos donde el precio de la carne obliga a prestar más atención a la vidriera de la carnicería, hay cortes que empiezan a recuperar protagonismo. Uno de ellos es la tortuguita, una opción poco elegida que combina buen rendimiento, sabor y un costo más accesible.
Ubicada en la parte trasera de la res, esta pieza suele pasar desapercibida frente a clásicos como el roast beef o la nalga. Sin embargo, quienes la conocen destacan su gran virtud: responde muy bien a las cocciones largas, logrando una textura tierna y jugosa.
Este corte tiene fibras firmes que, lejos de ser una desventaja, se transforman en un punto a favor cuando se cocina correctamente. A fuego lento, absorbe sabores, mantiene sus jugos y se vuelve ideal para platos de olla. El secreto está en el tiempo y la técnica.
Para lograr un buen resultado, lo recomendable es cocinarla a baja temperatura durante varias horas. Al momento de servir, un detalle clave: cortar siempre contra la fibra, lo que ayuda a que cada bocado sea más tierno.
La tortuguita es ideal para estofados, guisos, pucheros o carne al vino. Además, las sobras pueden reutilizarse en empanadas, sándwiches o rellenos, lo que la convierte en una opción práctica y rendidora.
De a poco, este corte deja de ser un secreto de cocina para transformarse en una alternativa cada vez más elegida por quienes buscan comer bien sin gastar de más.
