La escritora colombiana Pilar Quintana presentó su nueva novela «Noche negra» en la Feria del Libro de Buenos Aires. En la obra, explora la violencia, el racismo y la supervivencia en la selva del Pacífico colombiano.
Es una mujer pequeña, de pelo crespo, modos delicados. Habla en un tono suave. Quizás solo el movimiento de las manos, cuando quiere enfatizar algo, dé una pista. Por lo demás, nadie diría que esa mujer pequeña, de modos delicados y tono suave, es la misma que empuñó un machete para vérselas con serpientes y matar tarántulas, que se le plantó a la selva para decirle: hasta acá vos, y a partir de acá yo.
Pilar Quintana, escritora colombiana nacida en Cali en 1972, sabe, como sus personajes, que es más fácil tener buenas intenciones y ser civilizado en la ciudad, cuando hay muchas cosas —cierta seguridad, los servicios básicos, un plato con carne en la mesa— dadas. «Como animales, tenemos una violencia que está adentro y que es necesaria para nuestra supervivencia», dice.
Quintana vino solo por cinco días a Buenos Aires para presentar su nuevo libro, «Noche negra», en la Feria Internacional del Libro. Autora también de «Los abismos», ganadora del Premio Alfaguara de Novela 2021, y de «La perra», tiene ella misma su lado salvaje. Tanto «Noche negra» como «La perra» transcurren en la selva colombiana, sobre el Pacífico, la misma geografía que Quintana conoce de memoria porque vivió allí durante nueve años.
Rosa, la protagonista de «Noche negra», apareció apenas en «La perra» y también en algunos de sus cuentos. A Quintana le gusta que los habitantes de esa cartografía suya se muevan en su literatura, pasen de un libro a otro. En el hotel donde pasa estos días en Buenos Aires, la escritora habló con Lecton de su último libro; de la violencia y el racismo que aún persisten en Colombia; de la animalidad que todos tenemos; de ser mujer, madre y apañárselas para escribir.
—Rosa, que apenas se veía en «La perra», es la protagonista de «Noche negra». ¿Cómo fue rescatarla y por qué lo hiciste?
—Creo que como escritora no emprendo la aventura de una novela total. Veo a esos autores que lo hacen y me parece magnífico. Pero yo no tengo ese calado, quizás porque soy mamá de un hijo pequeño. Entonces, prefiero las historias más acotadas. Antes de trabajar en «La perra» ya existían Rosa y Gene, su pareja, en unos cuentos. En «La perra» yo sabía que eran vecinos de Damaris, la protagonista de ese libro, sabía dónde estaba su casa. Yo sabía que iba a hacer la historia del origen de esa casa, de esa pareja. Y llegó el momento. Es un universo narrativo que vive en mí. Y poco a poco he ido poniendo las fichas en el tablero: aquí puse a Damaris, acá a Rosa y Gene, allá a los otros.
—Ese tablero que fuiste armando, en ese lugar preciso de la selva, lo armaste porque lo conocés. Viviste ahí.
—Claro. Los personajes no existen, pero sí tienen quizás una representación en alguien, una mezcla de alguien. Y entonces yo fui armándolo: hay personajes que están tanto en una como en otra novela.
—Hay escenas muy impactantes. A Rosa, por ejemplo, toda esa impresión que le causaban los comentarios racistas de su abuela, o la aprehensión de ver a sus compañeritos de escuela matando a un murciélago, se le transforman —puesta a vivir en la selva y quedándose sola— en algo muy parecido. Ella también tiene prejuicios y necesita ser violenta para defenderse.
—Mira, yo me pregunto si nuestro buenismo no es solamente privilegio. Privilegio de vivir en la ciudad, de poder ir a la psicóloga, de tener la heladera con comida, de querer tomar un vaso de agua y abrir la canilla. Cuando Rosa se va de todo eso para vivir en la selva y no tiene luz eléctrica, no tiene vecinos confiables y está en un medio hostil, se conecta con un instinto más primario y se da cuenta de que para sobrevivir tiene que sacar a su animal más salvaje, su agresividad. Nos han enseñado que nuestra propia violencia es mala. Y claro, en la ciudad podemos decir: soy buenísima mientras como un pedazo de carne. Pero alguien mató a la vaca para que yo tenga mi pedazo de carne. Cuando estás en la naturaleza, en cambio, tenés que ejercer la violencia y sale esa parte tuya que nos parece tan terrible, esa parte de conquistador. Y creo que la novela va sobre eso: sobre descubrir que, como animales, tenemos una violencia que está adentro y que es necesaria para nuestra supervivencia.
—¿Cuánto te enseñó tu propia experiencia en la selva?
—Todo, absolutamente. Y creo que fue una de las experiencias más aterradoras. Cuando llegamos, en el lote de tierra que te…
