domingo, 10 mayo, 2026

El agua del norte de la Patagonia en disputa: quién decide su destino en la cuenca

La discusión sobre el agua en el norte de la Patagonia cambió de escala. Ya no se trata solo de mejorar prácticas productivas, sino de cómo asignar un recurso limitado entre usos que compiten entre sí.

La discusión sobre el agua en el norte de la Patagonia cambió de escala. Ya no se trata únicamente de mejorar prácticas productivas o incorporar tecnología, sino de cómo asignar un recurso limitado entre usos que empiezan a competir entre sí. Sobre el mismo sistema hídrico —los ríos Limay, Neuquén y Negro y sus cuencas asociadas— convergen demandas crecientes: expansión del riego agrícola, mejora de sistemas ganaderos mediante intervenciones en mallines, crecimiento urbano y desarrollo hidrocarburífero no convencional en Vaca Muerta.

Lo que durante décadas funcionó con márgenes relativamente amplios comienza a operar bajo una lógica distinta: más demanda, mayor variabilidad y menor capacidad de analizar cada uso por separado. El desarrollo de nuevas áreas bajo riego es probablemente la expresión más visible de esta dinámica. La posibilidad de sistematizar superficies hoy de secano y transformarlas en áreas de alta productividad abre oportunidades económicas claras. En estos sistemas, la producción por hectárea puede multiplicarse, permitiendo intensificar la agricultura y generar mayor valor agregado. Pero este modelo tiene una condición estructural: requiere un uso sostenido y significativo de agua.

En Neuquén, el riego ya representa la mayor parte de los consumos del recurso, y las políticas públicas recientes apuntan a expandir y optimizar estos sistemas. Cada nueva hectárea irrigada no es solo una inversión productiva, sino también una transformación territorial de largo plazo. La restauración de mallines aparece como otra forma de aumentar la producción, pero con una lógica distinta. En lugar de transformar grandes superficies, busca mejorar el funcionamiento de sistemas existentes. Aunque suelen ocupar una proporción reducida de la superficie predial, los mallines tienen un peso desproporcionado sobre la productividad y estabilidad de los sistemas ganaderos. Su mejora implica un uso intensivo y localizado del agua, con efectos significativos sobre el conjunto del establecimiento.

Estos procesos también demandan agua. Análisis realizados en cuencas de la región muestran que el desarrollo combinado de nuevas áreas irrigadas y el enmallinamiento puede incrementar de manera significativa el uso del recurso hídrico disponible. Aquí aparece un punto central: no todos los usos del agua producen el mismo tipo de resultado. Mientras algunos modelos maximizan productividad por hectárea, otros sostienen ocupación territorial, estabilizan sistemas extensivos o contribuyen a regular el funcionamiento hidrológico aguas abajo. La discusión deja entonces de ser solo cuánto agua se usa y pasa a involucrar qué tipo de territorio se construye a partir de ese uso.

A las demandas productivas se suma el crecimiento urbano. El corredor del Alto Valle y la Confluencia concentra una población en expansión, impulsada en gran medida por el desarrollo energético. Esto implica mayor demanda de agua para consumo humano y mayores volúmenes de efluentes que deben ser tratados antes de su retorno al sistema. Al mismo tiempo, el desarrollo de Vaca Muerta incorpora una demanda industrial creciente sobre el río Neuquén. Aunque el volumen anual utilizado para fracturas hidráulicas representa una fracción relativamente baja frente al riego, se trata de un consumo concentrado territorialmente y asociado a una actividad estratégica en rápida expansión. La generación hidroeléctrica agrega otra dimensión: regula caudales y condiciona el funcionamiento de toda la cuenca.

Así, producción, ciudades y energía dejan de funcionar como sistemas separados y empiezan a interactuar sobre una misma base hídrica. En este escenario, las decisiones ya no pueden pensarse únicamente a escala predial. El agua se mueve a través de la cuenca, conecta sistemas y acumula efectos. Esto adquiere especial importancia en las cuencas altas y medias del norte de la Patagonia, donde se localizan gran parte de los mallines y zonas de regulación natural del escurrimiento. Lo que ocurre en esos sectores condiciona la dinámica hídrica aguas abajo, incluyendo riego, abastecimiento urbano y regulación hidroeléctrica. La cuenca deja así de ser solo un soporte físico y pasa a convertirse en la verdadera unidad donde empiezan a definirse las relaciones entre producción, ciudades, energía y disponibilidad de agua.

Aquí aparece uno de los principales desafíos: la gobernanza. El agua es un recurso público, cuya administración corresponde a los estados provinciales. Existen normas, permisos y marcos regulatorios, pero la complejidad creciente del sistema empieza a mostrar una brecha entre la escala del problema y la capacidad real de evaluarlo de manera integral. Evaluar una obra o autorizar un uso implica comprender no solo su impacto local, sino también sus efectos acumulativos sobre el funcionamiento de la cuenca. Esto requiere información, monitoreo y capacidades técnicas que aún deben fortalecerse.

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