Empatía y apatía, reacciones de la nueva normalidadSociedad 

Empatía y apatía, reacciones de la nueva normalidad

“Hay que ponerse en el lugar del otro”. Desde que Wuhan entró en nuestras vidas, esta expresión se volvió casi cotidiana. Se recurre a ella para reforzar la idea de que cuidarse es cuidar a los demás, para promover la solidaridad o para insistir en que el hartazgo afecta a todos por igual. Esta frase define más o menos con precisión la “empatía“, un término que, por necesidad, está de moda. El poeta estadounidense Walt Whitman lo expresó así al referirse al sufrimiento humano: “No pregunto a la persona herida como se siente. Yo mismo me convierto en la persona herida”.

Uno de los fenómenos que estamos intentando reflejar cada semana es cómo palabras que pertenecían a un ámbito específico cobraron protagonismo en la conversación pública y se convirtieron en patrimonio de todos los hablantes. En este tiempo, muchos empezaron a distinguir la diferencia entre conceptos médicos como “virus” y “bacteria” o “epidemia” y “pandemia”. Del mismo modo, términos como “resiliencia” y “empatía” -propios de la psicología- se repiten en el relato para entrar a la nueva normalidad.

El “pathos” ante todo

Para entender la “empatía” y la “apatía”, la psicología recurre a esta noción que se remonta a la Grecia Antigua. Aristóteles en su Poética, usó el término “pathos” para identificar la fuerza emotiva que surgía del personaje de la tragedia clásica y llegaba al espectador para provocar en él un efecto catártico. “Pasión”, “emoción” son las traducciones habituales para nombrar este sentimiento que surge en alguien y se proyecta en un otro. “Construir empatía”, el verbo elegido refleja ese proceso: un elemento que parte del emisor genera una reacción en el otro.

En la antigüedad, frente a tanto desborde de pasiones promovidas por la tragedia griega y los banquetes dionisiacos, la apatía era valorada…

Dejando de lado el linaje, podemos detenernos en la formación del término. Al concepto de “pathos” se le agrega un prefijo “em-” que significa “en el interior”. Así, esto de “ponerse en el lugar del otro” se entiende mejor. En el diccionario, la definición de “empatía” confirma esta idea de compartir la emoción: “Es la participación afectiva de una persona en una realidad de otra, la intención de experimentar lo que siente otro individuo”.

El pathos -entendido como aquello que va desde la pasión hasta el sufrimiento pasando por la experiencia- está presente en otras palabras. En todos los casos, lo que cambia es un elemento compositivo. Simpatía, telepatía y apatía son algunos ejemplos.

La apatía o la ausencia del pathos

Una manera fácil de entender cómo funciona la lengua es pensarla como un Mecano, un Rasti o un Playmobil, depende de la franja etaria del que lea. Vamos juntando piezas y vamos construyendo significado. De la misma manera en que la psicología destaca la “resiliencia” y la “empatía” como actitudes positivas frente a la pandemia, también enciende las alertas al referirse a la falta de interés y el desánimo que provoca la incertidumbre. Para identificarlo, recurre a la idea de “apatía”. Aquí también aparece un elemento que se suma a la noción de “pathos”. El prefijo “a-” indica falta, privación, ausencia: amoral, asintomático, asimétrico. Al agregarlo, invalidamos el concepto que viene después. Según la definición, la apatía se entiende como la falta de emoción, de motivación o de entusiasmo.

Sin embargo, hay que destacar cómo lo que hoy resulta una señal de alarma fue interpretado de otro modo en otro momento de la historia. Esta “no emoción” que en esta época es considerada una alarma, no tuvo siempre este carácter negativo. En la antigüedad, frente a tanto desborde de pasiones promovidas por la tragedia griega y los banquetes dionisiacos, la apatía era valorada por los filósofos estoicos como un ejemplo de autocontrol que favorecía el camino a la felicidad.

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