El diseñador industrial rionegrino Aldo Montes de Oca participa en el Salone Satellite 2026 de Milán, donde exhibe sus muebles artesanales inspirados en la Patagonia.
Cuando suenan las campanas de la iglesia, Aldo Montes de Oca sabe que es hora de levantarse en el departamento que alquiló con su novia Brenda Araneda en Seguro, un pueblito de postal a siete kilómetros de Milán, en el poderoso norte de Italia. Minutos después parten hacia el centro de la ciudad para estar a las ocho en el stand que le asignaron en el Salone Satellite 2026.
Allí, setecientos talentos sub 35 seleccionados por los curadores exhiben sus productos en el espacio de los creadores emergentes en la mega expo al que el rionegrino llevó sus muebles artesanales de alma patagónica, su sonrisa contagiosa y el mate, la yerba y la pava eléctrica que encontró donde enchufar en un rincón: ahí pasa desapercibida para los visitantes que recorren el predio.
—Es enorme. Imaginate cuatro o cinco La Rural —dice Aldo, asombrado.
Después de escuchar las campanas, el detrás de la escena de su aventura continúa con el viaje hacia la meca del diseño en el Pandita, como le dicen a un pequeño y ágil Fiat Panda que les recomendaron alquilar por su precio económico y para poder moverse en las encantadoras callecitas estrechas del centro histórico.
—Es una ciudad muy grande, parece Buenos Aires —dice Aldo, que vive en Dina Huapi, un pueblo de unos 7000 habitantes a orillas del lago Nahuel Huapi, 15 kilómetros al este de Bariloche.
Allí, donde la Patagonia se hace estepa, suele salir a caminar. Los cañadones, la arena, los arbustos bajitos mecidos por el viento y las capas geológicas que brillan en el horizonte agreste lo inspiraron para su colección Estratos: una mesa ratona y otra de arrime, un banco largo y una silla de respaldo alto que talló en fenólico con la moladora en el taller de la antigua casa de ladrillos y machimbre grueso que restauraron él y su padre con sus propias manos.
En la calle suele cambiar los repuestos a su noble Clío modelo 2000, su primer auto, que lo lleva a todos lados en la Patagonia. En la casa que reciclaron funcionaba una remisería y en el cuarto que ahora ocupa Aldo antes se tomaban los pedidos de viajes. En la planta alta montó su estudio y abajo está el taller donde le dio forma a los muebles que viajaron con él desarmados en el ómnibus que los trasladó a Santiago de Chile.
De allí volaron a Milán, mucho más barato que si hubiera sido desde Buenos Aires pero con un gran sobresalto: la valija de la colección Estratos, por la que pagó equipaje sobredimensionado, no aparecía; había quedado demorada por error en San Pablo. Se la entregaron recién un día después de llegar a Italia.
Llevó sus muebles desarmados a la expo: se hacen planos, se encastran y se terminan de fijar con tornillos. Y con una mini atornilladora a batería los montó rápido.
—Fue un susto grande, qué nervios pasamos —dice Aldo y se ríe mientras cuenta la historia en una llamada por WhatsApp que interrumpe con respeto cada vez que alguien se acerca. Avisó antes que así sería la charla y el que avisa no traiciona.
Para eso está ahí: para mostrar lo que hace, contar cómo lo hace, para responder preguntas ahora que está en el escenario de las grandes ligas. Eso es un diseñador emergente, un cazador de oportunidades. Hasta el final de cada charla, excepto que se presenten o le den una tarjeta, no sabe con quién habla, aunque por las preguntas va intuyendo si es un turista curioso que pasea, un potencial cliente, el dueño de una galería de arte o un reclutador de talentos.
Ya se lo dijo Alexander, el alemán buena onda del stand de enfrente: hay que estar atento y siempre disponible para aprovechar cada encuentro. Su nuevo amigo alemán ya estuvo ahí hace dos años y le compartió lo que aprendió. Trajo muebles sofisticados y muy pulidos de una madera que le recuerda a la lenga a Aldo, que se comunica con todos con el inglés que aprendió en el colegio secundario San Patricio en Bariloche.
Con el resto de los vecinos también se lleva bien: hay holandeses, noruegos y estadounidenses, entre otras nacionalidades. El diseñador industrial rionegrino pasa once horas por día en el puesto de exhibición y el almuerzo lo resuelve al paso pero rico y a buen precio: es celíaco y puede comprar pastas, pizza o empanadas sin TACC, entre una variedad de opciones imposible de encontrar en la Argentina. El precio también es difícil de creer: paga un euro y medio por un buen plato de fetucchinis, cuando en Bariloche cuestan 10.000 pesos.
—No se puede creer la diferencia —dice Aldo.
En su primer viaje a Europa, entre los visitantes los que más lo impresionan son los japoneses, su educación y ese toque épico cuando hacen una reverencia.
—Son repiolas los japoneses —dice Aldo.
Y así como Milán, motor económico y financiero de Italia, le recuerda por su porte a Buenos Aires, los italianos le recuerdan a los argentinos: son afectuosos y conversan a los gritos. Y no le parece que sean muy diferentes a la hora de manejar.
En el stand, a veces se lleva sorpresas, como el visitante de Taiwán que le preguntó si el mate era ayahuasca. Después de la carcajada, le contó de la yerba y el agua.
