Recorrer el Camino de Santiago es una vivencia que trasciende lo físico. Entre paisajes, encuentros y desafíos, los peregrinos hallan un respiro para el espíritu.
Hay quienes preguntan por qué alguien decide echarse una mochila al hombro y caminar cientos de kilómetros. Buscan una causa, un motivo claro, una épica que justifique el desgaste. Como si el dolor de pies debiera responder a un argumento convincente. Pero el Camino —ese que serpentea entre pueblos de piedra, bosques húmedos y conversaciones improbables— no funciona así. Uno empieza creyendo que camina hacia un destino, cuando en realidad lo van desarmando los kilómetros.
Sea que se tome el camino portugués, el soriano aragonés o el francés —incluso en su expresión más corta desde Sarria—, el trayecto es una experiencia terapéutica que cansa las piernas, pero le da un respiro al espíritu. Al tercer día camino a Arzua tras subidas y bajadas pronunciadas, el cuerpo protesta como un sindicato en huelga: las piernas pesan, la espalda negocia, los pies directamente te recuerdan que tienen dedos. Y, sin embargo, algo curioso sucede: el dolor físico y el canto permanente de los pájaros van limpiando el ruido mental.
Caminar por el noroeste español es atravesar un inventario de vida que obliga a bajar un cambio. En el camino hay de todo: camelias, glicinas, azaleas, magnolias, hortensias, calas, petuñas, aljabas y esos cipreses, robles y eucaliptus que parecen custodios del tiempo. Uno avanza entre huertas de coles, lechugas, brócolis y cebollas de verdeo, mientras las vacas de color beige y los corderos te miran con esa parsimonia de quien ya lo entendió todo. Atraviesas arroyos, acequias y fuentes de agua cristalinas. Cruzas casas de hortelanos con sus hórreos —esas alacenas elevadas que parecen esperar un milagro— y orillas galpones de maquinarias que, con la custodia de algún gato que toma sol, contrastan con la paz de los molinos eólicos girando en la distancia.
En esta ruta no hay jerarquías. Ves grupos de adultos mayores entrados en años que, en bicicletas o a pie, con bastones o sin ellos, lucen una juventud renovada, celebrando con vueltas de cervezas en cada parada. Ves parejas que, con los años a cuestas, se asisten y comparten el recorrido entre silencios y comentarios, mientras algún estudiante secundario pasa al trote como si no le doliera nada. Incluso el Camino tiene su propia economía: pueblos como Palais de Reis u O Pino que reviven gracias al peregrino, y personas de origen sudamericano que, con sellos caseros en medio de los trayectos, intentan ganarse algún euro. Todos hablan el mismo idioma: el del “buen camino” que se lanza al aire como una señal de cortesía.
Me guardo un recuerdo especial: hablar con un grupo de Limerick, Irlanda. Sabían más de nuestra selección que cualquier periodista deportivo: Dybala, Mc Allister, Nico Paz, el Dibu y Garnacho eran sus líneas de contacto. Pero lo mejor fue escucharlos intentar decir, con una seriedad casi académica, la palabra “Buom-buo-ne-ra”. Ahí entendí que el fútbol y el camino son, en el fondo, la misma abstracción del mundo real.
Cuando las cúpulas y los campanarios aparecen en el horizonte, uno entiende que el Camino no premia las intenciones, sino las transformaciones. Un lugar que invita a desafiarse o a, por unos días, tomar aire puro, del bueno. De ese que hace cansar al físico para descansar la mente. Lo importante fue aprender a sostener el paso cuando dolía y descubrir que el cuerpo tiene paciencia y regenera mucho más de lo que uno le atribuye. Porque a veces, para que la cabeza deje de ser una oficina de reclamos, hay que castigar un poco a las suelas. Para ello hay que convencer a las piernas de que son de plomo y al corazón de que, después de una cerveza y un bocadillo, hasta la subida más brava se parece a un gol en el último minuto de descuento.
*Abogado. Prof. Nacional de Educación Física. Docente Universitario. [email protected]
