Los mallines, ambientes clave que concentran agua y productividad en la estepa patagónica, vuelven al centro del debate productivo. Con intervenciones simples pero diseñadas, es posible recuperar su funcionamiento hidrológico y multiplicar la producción forrajera.
Como se observa en la imagen de apertura, la intervención sobre el escurrimiento permite aumentar la cobertura vegetal y generar una respuesta productiva claramente diferenciada respecto del entorno. En los últimos años, los mallines volvieron al centro de la discusión productiva en la Patagonia. Durante mucho tiempo fueron vistos como “bajos húmedos” dentro de un sistema dominado por la estepa. Hoy comienzan a ser comprendidos como algo distinto: ambientes clave donde se concentra agua, productividad y estabilidad dentro de sistemas naturalmente limitados.
A escala predial, los mallines representan entre el 2 y el 5% de la superficie total, pero concentran una fracción desproporcionada de la producción forrajera. En sistemas de cría, pueden aportar del orden del 30 al 40% del consumo anual, con un rol decisivo en momentos críticos como la lactancia. La diferencia es estructural: mientras la estepa produce típicamente entre 150 y 300 kg de materia seca por hectárea, los mallines pueden multiplicar esa productividad entre 10 y 20 veces, dependiendo de su condición. Estos valores varían según el tipo de mallín, su estado y la disponibilidad efectiva de agua, por lo que deben leerse como órdenes de magnitud y no como valores fijos.
No se trata solo de cantidad, sino también de calidad, oportunidad y estabilidad de la oferta. «Mientras la estepa produce típicamente entre 150 y 300 kg de materia seca por hectárea, los mallines pueden multiplicar esa productividad entre 10 y 20 veces». Pero esta diferencia no es fija. Tanto la estepa como los mallines pueden encontrarse en distintos estados de funcionamiento —desde situaciones de alta cobertura y productividad hasta condiciones degradadas—, con diferencias marcadas en su capacidad de producir, retener agua y sostener carga animal.
Ese comportamiento responde a una condición de base: la Patagonia es un territorio heterogéneo, estructurado por gradientes de precipitación, temperatura, relieve y suelos que determinan distintos sistemas ecológicos y productivos. En ese mosaico, los mallines funcionan como puntos de concentración del agua dentro de ambientes mayormente limitados. Poca superficie, alto impacto: los mallines concentran gran parte de la producción y del uso efectivo del agua.
Este cambio de mirada abre una segunda pregunta: si los mallines son clave, ¿cómo se intervienen? Los enfoques actuales parten de una idea simple pero potente: restaurar un mallín no es agregar insumos, sino recuperar su funcionamiento hidrológico. «Restaurar un mallín no es agregar insumos, es reordenar el agua». En términos prácticos, esto implica reducir la velocidad del escurrimiento, aumentar el tiempo de permanencia del agua y favorecer su infiltración. Cuando esto ocurre, el mallín recupera su capacidad de actuar como una “esponja”: almacena agua, la libera gradualmente y sostiene la producción a lo largo del tiempo.
En un contexto donde la disponibilidad de agua dejó de ser un dato estable y previsible y es cada vez más variable dentro del año, la capacidad de retener y distribuir ese recurso en el tiempo pasa a ser tan importante como su cantidad total. El proceso inverso también es conocido. La pérdida de cobertura vegetal —frecuentemente asociada al sobrepastoreo— incrementa la escorrentía, genera encauzamientos y cárcavas y termina drenando el sistema. El resultado es un mallín que pierde humedad, productividad y estabilidad.
En este sentido, la intervención no solo mejora la producción: puede cambiar el estado del sistema. Ambientes degradados pueden recuperar parte de su funcionamiento si se restablecen los procesos hidrológicos que los sostienen, aunque la magnitud de esa recuperación depende de las condiciones iniciales y del grado de degradación. Las intervenciones más difundidas —regueras en curvas de nivel (dispuestas en patrón tipo espina de pescado, que permite distribuir el agua lateralmente y reducir la velocidad del escurrimiento), pequeños diques y obras de redistribución del escurrimiento— son simples en su forma, pero exigentes en su diseño.
No todos los mallines responden igual ni todos tienen el mismo potencial. Existe un gradiente claro de productividad. Estos rangos reflejan distintos estados de funcionamiento hidrológico y productivo. La pendiente, el tipo de suelo, la conectividad del sistema, la profundidad de la napa y, en muchos casos, la salinidad, condicionan tanto el diseño como los resultados. Por eso, en muchos predios, la intervención se concentra en sectores específicos donde la respuesta puede ser mayor. «La pendiente, el tipo de suelo, la conectividad del sistema, la profundidad de la napa y, en muchos casos, la salinidad, condicionan tanto el diseño como los resultados».
La restauración dejó de ser una práctica intuitiva. Hoy requiere diagnóstico, diseño hidráulico y seguimiento. Los resultados dependen fuertemente de las condiciones del sitio, del diseño de la intervención y de su correcta implementación. Además, no se trata solo de una decisión técnica. En
