El recorrido lacustre por el lago Nahuel Huapi es una de las experiencias más elegidas por turistas nacionales y extranjeros. Desde Puerto Pañuelo, la excursión combina naturaleza, historia y paisajes únicos en la región de Río Negro y Neuquén.
Al mediodía de abril, Puerto Pañuelo espera con colores que no se apuran. Los árboles ya se vistieron de cobre y amarillo, y el edificio de madera, alto, con grandes ventanales, recibe a los primeros turistas. A las 13 empiezan a llegar autos y colectivos. Algunos van directo a la boletería, otros se detienen en el café, como si el viaje necesitara ese pequeño ritual previo.
A las 13.30, sin anuncios estridentes, todos forman una fila prolija que avanza hacia el preembarque. La cola se estira sobre el muelle y, en pocos minutos, el movimiento se ordena. La embarcación de Turisur espera con la puerta abierta. Adentro, la guía repasa las medidas de seguridad y recuerda algo que suena simple pero insiste: no tirar basura, no alimentar a la fauna. Después, el motor se enciende y el agua empieza a moverse.
El Lago Nahuel Huapi se abre ancho y azul. El barco avanza con un ronroneo constante mientras adentro el sol tibio del mediodía se cuela por las ventanas. Se escuchan conversaciones en castellano, pero también en portugués y en inglés. Néstor, que llegó desde Santa Fe, se levanta de su asiento, recorre la embarcación como quien no quiere perderse nada. Primero se acerca al motor, después camina hasta la proa. Se queda ahí, con el viento en la cara, repitiendo “muito bonito”, mientras entrecierra los ojos.
Arriba, en la cubierta al aire libre, Laura y María, de Buenos Aires, ceban mates. Una gaviota empieza a seguir el recorrido del barco: vuela en círculos, baja, sube, insiste. Durante varios minutos se convierte en parte del viaje. Alguien la filma, otros sacan fotos, nadie la espanta. Una familia de San Juan mira por la ventanilla. “Conocemos muchos lugares del país, pero es la primera vez que venimos a Bariloche”, destacan. Hay algo en la forma en que lo cuentan, como si todavía no terminaran de entender lo que ven.
“Me voy enamorado, con muchas ganas de volver porque me quedaron una cantidad enorme de lugares para visitar”, dice Orlando, y mira el paisaje por la ventanilla. Cuando el parlante vuelve a encenderse, la voz anuncia la llegada al Bosque de Arrayanes. Explica que esos troncos de color canela son fríos al tacto, que sus frutos alimentan a las aves, que algunos ejemplares tienen más de 300 años. También repite una historia que siempre vuelve: la de la casita de troncos que hay allí, su supuesta inspiración para Bambi. Después, la aclaración inevitable: Disney mandó una nota para aclarar que no era así.
El sendero de madera se abre en un recorrido de 800 metros. Veinte minutos alcanzan para atravesarlo, pero muchos se detienen más. Las cortezas lisas, los tonos canela, la luz que pasa entre las ramas construyen una escena, que se vive con aire puro en los pulmones. Raúl y Olga llegaron desde San Rafael. “Nos encanta este paseo. Es la primera vez que nos embarcamos, y todo lo que vemos es bello. Conocíamos arrayanes, pero lo hicimos caminando, nunca por agua, y esto es maravilloso”.
De regreso, el barco vuelve a cortar el agua. Sentarse a un costado y mirar la estela blanca que queda atrás, con la montaña de fondo y el aire frío entrando por la cara, tiene algo de hipnótico. El parlante vuelve a interrumpir el silencio para anunciar que la Isla Victoria está cerca. Allí, explican, se puede disfrutar de la flora autóctona, prolífica en especies de magnífico porte. Dejarse llevar en el tiempo, recorriendo senderos que llegan hasta Playa del Toro, donde aparecen pinturas rupestres hechas por pueblos originarios sobre una playa de arena volcánica.
El patrón de la embarcación dice que cada época se disfruta. “Para nosotros cada día es una aventura nueva, siempre tenemos nuevos visitantes. Los sorprende la naturaleza, los paisajes, la conservación”. A su lado, Cristina agrega: “Este es uno de los paseos clásicos del lago: visitamos dos provincias, Río Negro y Neuquén, y dos Parques Nacionales, el Nahuel Huapi y el Lanín. Hay excursiones de medio día o de día entero; la diferencia está en el tiempo de permanencia en Isla Victoria. En esta época el color, los aromas, el clima, todo es diferente y súper recomendable”.
Al llegar a la isla, Gabriel guía a los turistas y les cuenta la historia de los árboles, cómo las especies introducidas avanzan sobre el bosque nativo. Los lleva hasta el vivero donde se reproducen ejemplares de arrayanes, pehuenes y alerces. Invita a calcular la edad de los árboles por el grosor de su tronco hasta que llegan a una casa de estilo francés. Cuenta que fue construida en 1918 por Aarón Anchorena, un acaudalado empresario argentino, como casa de veraneo para su familia.
De repente, la bocina del barco anuncia que hay que volver y todos apuran el paso hasta el muelle. El viaje sigue, pero algo quedó: la sensación de haber atravesado un paisaje que, aunque se repite todos los días, nunca es exactamente el mismo. Gabriela la guía conversa con algunos turistas, recorre el barco y explica que además de esta excursión, también hay otras para disfrutar. Turisur ofrece otras opciones, como el paseo a Puerto Blest y los saltos, ideales para quienes buscan más contacto con la naturaleza.
