La secuela de la película vuelve a poner en foco a mujeres en posiciones de poder. Una reflexión plantea si el principal obstáculo para el liderazgo femenino es externo o autoimpuesto.
El regreso de la película «El diablo viste a la moda 2» vuelve a poner en escena a mujeres poderosas, exitosas y exigentes. Mujeres que, en apariencia, rompieron el famoso «techo de cristal». Sin embargo, la pregunta incómoda sigue vigente: ¿el límite más difícil de romper es el que impide llegar o el que se autoimpone?
Durante años, el techo de cristal fue una metáfora de una barrera invisible que impedía a las mujeres acceder a posiciones de liderazgo. Hoy, ese techo parece haberse agrietado, con más mujeres en puestos de decisión, más referentes y más historias que inspiran. No obstante, algo persiste.
En el recorrido para escribir el libro «El Desafío Del Hacer», se encontró una constante en líderes y protagonistas de distintas industrias: el verdadero límite no siempre está afuera. Muchas veces se transforma, se vuelve más sutil, más interno y más difícil de identificar. Aparece en preguntas silenciosas como «¿estaré a la altura?», «¿podré sostener este lugar sin resignar quién soy?» o «¿qué costo personal tiene tomar esta oportunidad?».
Ese límite autoimpuesto aparece en tensiones invisibles entre el desarrollo profesional y la vida personal, entre la autoexigencia y el disfrute, entre el mandato externo y el deseo propio.
Una de las ideas que atraviesa el libro es que quienes logran transformar su realidad «se la juegan», es decir, toman decisiones alineadas con lo que son, no solo con lo que se espera de ellas. Con lo que les importa y motiva en ese momento personal y profesional. Mirar ese límite autoimpuesto también puede abrir un proceso interno de autoconocimiento.
Cada rol, cada etapa y el contexto tienen su complejidad; aún así, hay preguntas que vale la pena hacerse: qué se quiere, qué motiva, qué se está dispuesto a sostener y qué no.
En muchas historias aparece algo en común: el coraje de cuestionar creencias propias. Dejar de mirar exclusivamente hacia afuera y empezar a escucharse. Ese movimiento, aunque incómodo, es profundamente transformador.
Hoy, las mujeres no solo buscan llegar. Buscan llegar siendo ellas mismas. Y eso cambia todo. Tal vez el mayor desafío sea animarse a construir el propio camino sin reproducir estructuras que no representan. Liderar sin perder la sensibilidad. Crecer sin desconectarse.
La buena noticia es que algo cambió, y ya no están solas. Hay redes, hay conversaciones, hay modelos diversos. Y, sobre todo, hay una nueva conciencia. El techo de cristal, en su versión actual, no siempre se ve. Pero cuando se empiezan a hacer preguntas honestas, a incomodarse, a elegir con propósito, empieza a resquebrajarse.
Porque, al final, el verdadero desafío no es solo llegar más alto. Es hacerlo en coherencia con quienes se es. Y desde ahí, transformar no solo el propio camino, sino también el de quienes vienen después.
