Gustavo Liss, radicado en el Alto Valle de Río Negro, vendió su casa para iniciar una producción frutícola hace casi 30 años. Con un enfoque integral y técnicas innovadoras, alcanza rendimientos destacados en un cultivo poco común para la región.
Gustavo Liss es ingeniero agrónomo, nacido en la provincia de Buenos Aires y radicado desde hace décadas en el Alto Valle del río Negro. Hace más de tres décadas tomó una decisión que marcaría su vida: vender su casa para convertirse en productor. Hoy, a los 66 años, gestiona su chacra en las afueras de Cipolletti. Lo que comenzó como una apuesta personal se transformó en una empresa eficiente e integrada en el tiempo.
El cultivo con el que logró consolidarse en la Patagonia no fue ni la tradicional pera ni la manzana, sino la uva de mesa, una producción poco difundida en la región. En su caso, alcanza rendimientos promedio de 25.000 kilos por hectárea.
«Soy de Rivera, un pueblo en el límite con La Pampa», cuenta Liss, repasando sus orígenes en una familia chacarera. Se formó como ingeniero agrónomo en La Plata y llegó a Río Negro en 1986 por una oportunidad laboral. Su primer destino fue Chimpay, en el Valle Medio, donde trabajó en un establecimiento con producción de peras, manzanas y horticultura. Dos años más tarde se instaló en Cipolletti, donde se dedicó al asesoramiento técnico en fruticultura.
«Todavía no era productor. Pero siempre tuve la idea de generar riqueza, de hacer, de producir», explica. Esa vocación lo llevó a buscar algo más que el rol de consultor. Mientras trabajaba para terceros, empezó a construir su propio camino. «Vendí una casa que tenía en la ciudad de Cipolletti y compré esta chacra en 1995. Esto estaba totalmente en blanco», recuerda. Sin infraestructura ni plantaciones previas, el desafío era ponerse a producir en ese campo de cuatro hectáreas netas. Desde el inicio, su objetivo fue claro: dejar de asesorar para vivir de su propia producción.
Así comenzó el desarrollo de la chacra, donde diseñó cada detalle del sistema productivo. La decisión clave fue qué producir. En una región dominada por la tradicional fruticultura de peras y manzanas, Liss optó por un camino diferente. «En cuatro hectáreas necesitaba acercarme a una unidad económica. Con peras o manzanas me quedaba corto», repasa. Así fue como eligió la uva de mesa, una producción muy intensiva que le permitía maximizar el uso del capital en una superficie limitada.
«Podía haber sido fruta fina u horticultura bajo cubierta, pero la uva de mesa era de lo más rentable y lo que mejor se adaptaba a lo que yo buscaba», señala. Desde el inicio apostó por este cultivo y nunca cambió el rumbo. «Siempre hice uva de mesa, nunca evalué hacer uva para vino», afirma. La diferencia no es menor: mientras la vitivinicultura requiere una etapa industrial, su modelo se basa en un circuito completamente integrado. «Yo hago todo: cultivo, curo, cosecho, embalo, acondiciono, guardo, vendo, llevo y cobro», resume. Esa integración le permitió controlar calidad, costos y comercialización.
Hoy cuenta con 3,5 hectáreas en producción y emplea a unas 13 personas en época de cosecha y empaque. Trabaja principalmente con tres variedades: Cardinal (temprana), Alfonso Lavallée (negra) y Red Globe (roja). Su producción se vende mayormente en la Patagonia y, en menor medida, llega a Buenos Aires cuando el mercado se vacía. También realizó experiencias de exportación a Brasil y Europa. «He vivido bien con la uva de mesa», asegura. En paralelo, exploró otras alternativas como kiwi y alcauciles, más por inquietud técnica que por necesidad. Actualmente también produce césped y olivos, aunque el eje sigue siendo el mismo desde hace más de 30 años.
El esquema técnico de Liss explica buena parte de sus resultados. Sus rendimientos, de alrededor de 25.000 kilos embalados por hectárea, se ubican en niveles competitivos incluso frente a regiones tradicionales como Cuyo. «No tenemos nada que envidiarle», sostiene.
Una de las decisiones más importantes fue incorporar riego por goteo desde el inicio, en 1995, cuando aún no estaba masificado. «El mayor beneficio del goteo se da cuanto más temprano lo adoptás. Si lográs adelantar un año la producción, ese valor paga toda la inversión», explica. El sistema se alimenta de un reservorio de unos 800.000 litros, y se complementa con riego por aspersión subarbóreo para la defensa contra heladas. Además, implementa fertirriego desde el comienzo del ciclo productivo.
Otro punto clave fue la cobertura total con malla antigranizo, instalada hace unos doce años. Curiosamente, no la pensó inicialmente como protección contra tormentas, sino contra el sol. «La Red Globe se me quemaba directamente en pleno verano», recuerda. La malla no solo evitó pérdidas por insolación, sino que transformó el microclima del monte. «Cambió la calidad de la hoja, el tamaño, y también la fruta. Hay menos viento, menos raspado, es otro ecosistema», describe.
En términos comerciales, su producción aprovecha una ventaja temporal frente a Cuyo: entra más tarde al mercado y también sale más tarde.
