El músico brindó un concierto de más de dos horas en el estadio Ruca Che, con un repertorio que recorrió sus cuatro décadas de carrera y un guiño a la tauromaquia.
“El futuro de Argentina está bajo este suelo, muchas gracias, Neuquén”. Habían pasado apenas dos canciones cuando Andrés Calamaro le habló por primera vez a un estadio Ruca Che lleno como pocas veces se lo vio, al menos en el último tiempo. Se refería obviamente a Vaca Muerta. Fue en la noche del sábado pasado en el marco de la gira “Como cantor”, que lo trajo una vez más a la ciudad de Neuquén. La última vez había sido a fines de 2023.
El ex Abuelo dio un concierto demoledor apoyado en una banda no menos demoledora y en un cancionero imbatible construido a lo largo de más de cuatro décadas. Fueron 24 canciones a lo largo de más de dos horas de concierto. Podría haber seguido tocando el resto de la noche y todas las canciones habrían sido conocidas de un modo u otro.
Hubo de todo en semejante setlist: canciones del Calamaro de Los Abuelos y de Los Rodríguez, de Calamaro viejo, del Calamaro de los 90 y del siglo XXI. De todos los Calamaro posibles, Andrés eligió abrir con “Todavía una canción de amor”, de Los Rodríguez, su etapa española y acaso más rockera. Le siguió “Mi gintonic”, el quinto de los cinco singles que se desprendieron del exitoso La Lengua Popular (2007). Acto seguido, acaso la mayor sorpresa del setlist: un fragmento de “You Are So Beautiful”, que Joe Cocker inmortalizó con su conmovedora interpretación. Fue entonces que habló por primera vez y dijo aquello del futuro argentino bajo suelo neuquino. No volvió a hablar por un largo rato.
El show continuó con un dobles viaje en el tiempo, el de las canciones y el de un público de muchas edades, todos tuvieron su momento: “Cuando no estás” (2013), “Pasemos a otro tema” (1989), “Loco” y “Crímenes perfectos”, ambas del exitosísimo Alta Suciedad (1997), “Señal que te he perdido” (1989) y, como si no se tratase de un himno transgeneracional, soltó “Costumbres argentinas”, el hitazo de Los Abuelos que el propio Calamaro anunciaba allá por 1985 con unas palabras que sabemos de memoria: “Vamos a cantarles un estreno, ya el segundo estreno. Se llama ‘Costumbres argentinas’ y dice así…”. Esta vez no hizo falta.
Stop aquí. Calamaro, que había empezado el show como guitarrista, pasó al teclado por primera vez en la noche para una versión certera de “Pasemos a otro tema”, uno de los clásicos del primer Calamaro solista, ese que, en su tiempo, pocos entendieron. Y el primer momento caliente de la noche fue con una versión de “Loco” super funky a partir de una sección de vientos hecha de trompeta y saxo tenor. Sigamos. “A los ojos”, de Los Rodríguez fue el otro momento caliente, el que desató el primer pogo. Acto seguido bajó un par de cambios con “Bohemio” (2013) dedicada entre otros bohemios a Diego Maradona y con una versión de “Garua” para la que pidió respeto (por el tango), silencio y una escucha atenta que el público acató al pie de la letra.
“Tres marías” (2010), otro clásico moderno, le dio pie para soltar una versión muy reggae de “Mil horas”, de sus años como abuelo. Otra vez la magia estuvo en los vientos. El último tramo del show siguió acumulando hits, éxitos, clásicos o como queramos llamar a esas canciones que son parte definitiva del (in)consciente colectivo argentino: “Estadio Azteca” (2004), “Mi enfermedad” (1991), “Output-Input” (2000), “El salmón” (2000), “Palabras más, palabras menos”, “Alta suciedad” (1997), “Sin documentos” (1993), “Paloma” (1999) y “Flaca” (1997).
El cancionero de Calamaro es como un mazo enorme de cartas que no importa quién mezcle ni quién reparta porque todas las cartas son buenas. Puede hacer lo que quiera con sus canciones, sabe que siempre van a funcionar. Hubo bises. Dos: “Pura sangre” (2014) y “Los chicos” (2007). Y ya no hubo porque quiso. En el mazo había muchas más cartas por repartir.
El final fue raro: mientras la banda, abrazada, saludaba al público comenzó a sonar “Nerva”, el célebre pasodoble torero en la versión de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla, un verdadero clásico de las corridas de toros. Se sabe: Andrés Calamaro es un apasionado de la tauromaquia. De pronto, el músico tuvo entre sus manos un capote rosa y amarillo con el que lidiaba con un toro imaginario, mientras la multitud le seguía la corriente gritando “ooole”. Calamaro, que había comenzado la noche como cantor, se fue como todo un torero.
