Enrique Olarte, médico rural, repasa medio siglo de atención en parajes y hospitales de la provincia del Neuquén, desde los años 70 hasta la actualidad.
Hay una escena que vuelve cuando el médico rural Enrique Olarte explica lo que fue llegar al norte neuquino en los años 70. No es una imagen espectacular ni dramática; es algo más simple, más cotidiano y, por eso mismo, más revelador: una noche sin luz, un parto que no podía esperar y él golpeaba la puerta del encargado de la usina para que encendiera el generador. “En Andacollo no teníamos red eléctrica, había una usina a gasoil. Si había un parto de noche, tenía que ir a avisar para que la prendieran un rato”. Lo cuenta con la distancia de los años, pero sin nostalgia impostada, como quien recuerda un tiempo que no idealiza y tampoco quiere que se pierda.
Nació en Bogotá, pero la historia empezó en otro lado. “Mi madre era argentina y me trajo a Buenos Aires cuando tenía un año y medio. Me crie allá, estudié, me recibí de maestro y después empecé Medicina en la Universidad de Buenos Aires”. Allí transcurría la vida hasta que apareció un aviso: se abría una residencia en medicina rural en Neuquén. No lo dudó, se anotó y quedó. “Yo estaba recién recibido y me interesaba trabajar como médico general en el campo. No había muchos lugares donde formarse en eso, así fue que ingresé a la primera residencia de medicina rural del país”. Era, sin saberlo, el comienzo de algo más grande.
“Hace justo 50 años entré como médico rural en el Hospital Castro Rendón”, dice. Desde allí lo destinaron a Andacollo. “Para mí era una mezcla de medicina y aventura”. Viaja con su memoria a esa época y cuenta que al llegar todo fue un desafío. El hospital era precario y el personal, en su mayoría, empírico. No había especialistas, ni equipamiento. “Me tocó hacer de todo”, dice, y no es una forma de decir. Atendía consultorios, internaciones, partos y urgencias. Organizaba campañas de vacunación, llevaba estadísticas y también se ocupaba de la administración.
Pero había algo más. “Empezamos a hacer lo que se llama extensión de cobertura. Se trataba de no esperar a que la gente llegara enferma al hospital, había que ir a buscarla”. Entonces empezó a recorrer los parajes: Los Miches, Huinganco, campos aislados, caminos de tierra que en invierno se volvían casi intransitables. “Íbamos en una ambulancia destartalada, pero íbamos igual”. No había centros de salud como los de hoy, así que organizó visitas periódicas. “Empezamos a atender tuberculosis, hidatidosis, desnutrición y mortalidad materna, que eran los problemas de la población rural de esa época”. La medicina, entendió rápido, no era solo atender lo urgente, era mirar lo que no se veía.
En Andacollo conoció al doctor Antonio Gorgni. “Un tipo muy comprometido, muy reconocido en la zona. Conocía todos los parajes, no estaba solo enfocado en la medicina, sino también en lo social, en la escuela albergue, en la comunidad”. Era una época en la que se entendía que la salud no empieza ni termina en una sala. En 1976, con el gobierno militar, la ausencia era lo cotidiano. “No había médicos en gran parte de la región y a Gorgni lo designaron como director de Las Ovejas. Yo quedé como director y único médico en Andacollo”. Durante un año sostuvo todo. “Internaciones, partos, consultorio, recorridas y me encantó. Era joven y venía de un barrio de Buenos Aires, estar ahí era una aventura médica”.
Después vino Las Lajas y otra escena: el país al borde de la guerra con Chile, la disputa del canal Beagle, con el paso Pino Hachado a pocos kilómetros y soldados que llegaban sin conocer la cordillera, sin entender el terreno. “Sentíamos que íbamos a estar en la primera línea”, dice. El hospital se preparaba con infraestructura improvisada y lógica de emergencia. “Teníamos que pensar en un hospital de campaña”. Pero lo que más lo marcó no fue la logística. “Llegaban los soldaditos, chicos muy jóvenes que no conocían la montaña. Se accidentaban, se lastimaban, y también había quienes, por miedo, buscaban lesionarse para no ir a la guerra”. Hace una pausa. “Eso me hizo muy mal, estaba con mi familia y no tenía escape”.
Más tarde la carrera cambió de escenario. Apareció otra etapa: Neuquén capital. “Me pidieron que llevara la experiencia a lo urbano”. En ese momento, los centros de salud de la periferia eran poco más que salitas y la idea era transformarlos. “Lo transformamos para no esperar a que la gente llegue enferma, sino trabajar para que llegue sana”. Prevención. Esa palabra era casi una declaración. “Éramos muy preventivistas”, dice, y recuerda su formación en la UBA, a fines de los 60. “Ahí empecé a ver la medicina de otra manera, conectada con lo social, y en la residencia de Neuquén lo completé. No aprendíamos solo medicina. Teníamos historia, cultura neuquina, trabajábamos con veterinarios, veíamos zoonosis, control de mataderos. Era una formación integral”. Lo repite: integral. Dio cursos de medicina rural, estuvo a cargo del departamento de Epidemiología. Más adelante, abrió otra puerta: la medicina china. “Empecé con acupuntura, quiropraxia y moxibustión. No como reemplazo, sino como complemento. Veía que los pacientes respondían bien”.
