miércoles, 29 abril, 2026

Baldwin 500 y Maffei 501: las moles articuladas que forjaron el riel patagónico

Con más de cien toneladas y diseño articulado tipo Mallet, estas locomotoras marcaron una época en la construcción ferroviaria de la Patagonia. Su historia refleja el esfuerzo por conectar la región con el resto del país.

La historia del riel en la Patagonia tiene nombres propios que resuenan con el eco del vapor: aunque eran “hermanas” de diseño, la Baldwin 500 era estadounidense y la Maffei 501 era alemana. Estas locomotoras no eran máquinas ordinarias; eran ingenios de diseño articulado tipo Mallet, una tecnología de vanguardia para la época que permitía a estas moles de más de cien toneladas recorrer las cerradas curvas de la precordillera sin perder un ápice de potencia. Su sistema de articulación de ejes fue, efectivamente, la solución técnica para las curvas de radio cerrado y las pendientes que caracterizan el tramo hacia Bariloche.

En 1908 el Congreso de la Nación sancionó la Ley 5.559 de Fomento de los Territorios Nacionales. Dicha ley había sido impulsada por el Ministro Ramos Mexía para lograr el desarrollo de la Patagonia, y promovía una estrategia de integración ferroviaria de las áreas potencialmente productivas en los valles cordilleranos y la meseta, combinando el uso del tren con las vías navegables y los puertos marítimos. La ley autorizaba al Poder Ejecutivo a estudiar, construir y explotar ramales principales desde Puerto San Antonio y Puerto Deseado en el Atlántico hasta Nahuel Huapi (San Carlos de Bariloche) en la Cordillera, con derivaciones a Comodoro Rivadavia pasando por Colonia Sarmiento, a Lago Buenos Aires y a Colonia “16 de Octubre” (Esquel-Trevelin). Pero la ejecución del plan original sufrió interrupciones al renunciar el Ministro en 1913 y al estallar poco después la Primera Guerra Mundial.

A través de un decreto firmado el 7 de octubre de 1922 se enmarcó la culminación de una licitación internacional masiva lanzada para cumplir uno de los objetivos del fomento de los Territorios Nacionales. Mediante este decreto se autorizó la asignación de 81 locomotoras, 600 vagones y 1400 km de vías férreas, que conformaron la Red de Ferrocarriles Livianos de la Patagonia. Fue en este lote donde llegaron las imponentes Baldwin y Maffei destinadas al ramal de San Antonio Oeste a Nahuel Huapi. La llegada al país de estas máquinas, entre 1925 y 1930, marcó un hito logístico cuando el barco de carga «El América» asomó su silueta en el Puerto de San Antonio Oeste. Allí, fueron ensambladas pieza por pieza por hombres como don Jorge Calamara, quien pasó de ser armador a pilotearlas, conociendo cada tornillo y cada capricho de sus calderas.

Originalmente concebidas para devorar carbón, su operación era muy compleja ya que los maquinistas —a pesar de que las respetaban por su potencia— también sufrían por el calor; la cabina sobre la caldera llegaba a temperaturas altísimas y el esfuerzo físico para alimentarlas era inhumano. Esta fue una de las razones por las que estas pioneras fueron transformadas para funcionar a petróleo, adaptándose a los recursos de una región que exigía lo imposible. Su terreno de batalla era el tramo Jacobacci-Bariloche, un desafío geográfico donde la «Cumbre» se erigía como el juez final. Allí, las 500 y 501 debían demostrar su casta, trepando pendientes pronunciadas con toneladas de carga a sus espaldas y, en el regreso, luchando contra la inercia para evitar que el tren se «alzara», un término que los ferroviarios usaban con respeto y temor.

La Baldwin 500, en particular, se convirtió en leyenda por su resiliencia: sobrevivió al trágico descarrilamiento en Neneo Ruca en marzo de 1939, cuando chocó de frente con una Maffei carguera. El impacto fue tan violento que ambas máquinas quedaron seriamente dañadas, pero la robustez de la 500 permitió su reconstrucción total, regresando al servicio para convertirse en la «locomotora eterna» de la línea. Durante las décadas siguientes, estas moles de hierro continuaron siendo el motor indiscutido del progreso regional hasta 1954, cuando el rugido de los motores Diesel empezó a apagar el silbato del vapor. Su destino final fue el silencio de los talleres en Ingeniero White, donde llegaron con el rótulo de «chatarra» tras décadas de servicio esforzado. Sin embargo, para la memoria regional, nunca fueron vencidas; su legado permanece como las verdaderas arquitectas de la conexión patagónica.

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