La red de canales, históricamente vital para la producción, enfrenta nuevos desafíos y oportunidades en un territorio en transformación, donde confluyen lo productivo, lo urbano y lo ambiental.
En el Valle de Río Negro, la extensa red de canales de riego constituye una infraestructura territorial fundamental. Concebida originalmente para sostener la actividad frutícola, este sistema no solo distribuye agua, sino que ha organizado históricamente la subdivisión de la tierra, el acceso a las parcelas y, en gran medida, el patrón de crecimiento de las localidades.
Actualmente, el avance de la mancha urbana sobre suelos productivos genera tensiones. La lógica del crecimiento urbano, con sus calles, loteos y redes de servicios, no siempre dialoga con la traza preexistente de los canales. Frente a esto, soluciones puntuales como el entubado o desvío pueden fragmentar un sistema que opera a escala territorial, afectando su funcionalidad y el equilibrio entre producción, paisaje y ambiente.
Expertos señalan que el desafío actual trasciende la mera adaptación fragmentaria. Se plantea la necesidad de una redefinición normativa y de gestión que reconozca la doble condición del sistema: su función productiva tradicional y su potencial rol urbano, ambiental y social. Conceptos como infraestructura verde-azul o gestión integrada del recurso hídrico abordan el agua como un elemento con múltiples funciones.
Así, los canales podrían integrarse al espacio público, aportando identidad y calidad ambiental, además de su uso agrícola. Sin embargo, este enfoque integral conlleva un desafío práctico: el sostenimiento financiero. Los costos de mantenimiento han recaído tradicionalmente en el sector productivo a través del canon de riego. Si el sistema pasa a ser también un soporte urbano, se requieren nuevos criterios de financiamiento que reflejen sus usos ampliados, para evitar la degradación de una infraestructura con más de un siglo de historia.
